La filósofa Hannah Arendt escribió sobre la banalidad del mal, al observar cómo personas aparentemente normales podían participar en atrocidades simplemente dejando de pensar en la humanidad del otro

Por Lucía Besteiro Morandeira
Un hombre cae desde una de las torres del World Trade Center. Sus brazos están pegados al cuerpo. El edificio detrás de él forma líneas rectas, casi perfectas. La fotografía es extrañamente serena para el nivel de horror que contiene.
El hombre sigue cayendo y cayendo y yo sigo mirando y mirando. Me descubro analizando su simetría, su composición, esa siniestra belleza que no debería estar ahí. Y es precisamente esa «perfección» lo que me impide pensar con claridad. Siento que esta cuestión trasciende lo periodístico para tocar algo que va más allá de lo humano. Algo que apunta directamente a nuestra naturaleza y a esa progresiva pérdida de sensibilidad sobre lo que realmente significa estar vivo.
A veces olvidamos la magnitud de lo que somos. Cada ser humano es una arquitectura biológica irrepetible. Una suma compleja y casi imposible de órganos que respiran en equilibrio, sosteniendo recuerdos, pensamiento, consciencia y voluntad. Sin embargo, convivimos diariamente con imágenes de cadáveres, guerras y atentados hasta el punto de necesitar cada vez más crudeza para reaccionar apenas unos segundos.
Quizá hemos normalizado tanto la existencia humana que también hemos terminado normalizando su destrucción. La muerte forma parte del curso natural del tiempo pero cuando esa maquinaria de vida se detiene por la violencia, algo debería removerse profundamente dentro de nosotros. No estamos viendo solo una “imagen histórica”. Estamos viendo cómo desaparece, de forma brutal e irreversible, la complejidad entera de una existencia humana. Un milagro biológico y consciente apagándose para siempre.
La imagen, tomada por Richard Drew durante los atentados del 11-S, se convirtió en una de las fotografías más reconocibles e incómodas del siglo XXI. Hay argumentos que sostienen que la imagen era necesaria porque, como dijo el propio fotógrafo, no se estaba capturando la muerte, sino una parte de la vida de aquel hombre. Al no haber sangre ni fuego, la imagen permite asomarse a la realidad de quienes se vieron acorralados sin despojarlos, supuestamente, de su humanidad. Se dice que publicar esta caída es una forma de no invisibilizar la cara más cruda de la tragedia frente a una narrativa de heroísmo más cómoda. La fotografía terminó ganando un Premio Pulitzer.
El dilema quizá no sea únicamente si la imagen debía publicarse, sino por qué nosotros necesitamos verla. ¿Por qué una sociedad entera parece exigir pruebas visuales del sufrimiento para creer en él? ¿En qué momento dejamos de confiar en el relato humano y empezamos a necesitar cuerpos, heridas o cadáveres para conceder legitimidad al dolor ajeno? No entiendo por qué necesito ver el horror para creerlo, pero tampoco entiendo por qué, incluso viéndolo, cada vez nos afecta menos.
Vivimos rodeados de imágenes de guerra, atentados, hambrunas y desplazamientos forzosos. Las consumimos en redes sociales entre vídeos de recetas, anuncios, memes y canciones de quince segundos. El horror se ha integrado de forma tan natural en nuestra rutina visual que a veces solo consigue conmovernos aquello que supera el límite anterior. Como si nuestra sensibilidad necesitara dosis cada vez más extremas para seguir reaccionando.
Pienso entonces en otras imágenes que marcaron la historia contemporánea: la niña del napalm corriendo desnuda por una carretera de Vietnam o el cuerpo de Aylan Kurdi tendido boca abajo sobre la arena. Fotografías que alteraron el debate público y ayudaron a cambiar la percepción mundial sobre determinadas guerras o crisis humanitarias. Y, sin embargo, hay algo profundamente perturbador en aceptar que para despertar nuestra empatía necesitemos primero contemplar la destrucción explícita de otro ser humano.
Hace unos días me desperté de madrugada, tras un mal sueño, con un pitido zumbando violentamente en el oído derecho. Permanecí varios minutos inmóvil, escuchándolo en mitad de la oscuridad, hasta que recordé una frase de Gabriel García Márquez: “La ética no es una condición ocasional, sino que debe acompañar al periodismo como el zumbido al moscardón”.
Desde entonces siento que ese sonido se parece demasiado a mi conciencia. Quizá por eso no consigo desprenderme de aquel mal sueño. Yo misma sostenía una cámara en Vietnam. Frente a mí corría Phan Thị Kim Phúc envuelta en quemaduras. Y mientras el mundo futuro justificaría la importancia histórica de aquella fotografía, yo solo podía pensar en algo infinitamente más simple y más terrible, aquella niña no sabía que estaba entrando en la historia. Solo sabía que le ardía la piel. Recuerdo la sensación con una claridad insoportable. Y recuerdo, sobre todo, no hacer la fotografía.
Y aquí aparece una pregunta sin respuesta : ¿hasta qué punto tenemos derecho a mirar? ¿Por qué ya no nos bastan las palabras, los testimonios ahogados por la inmensidad de la tragedia o el silencio respetuoso ante aquello que no tiene nombre? Parece que hemos perdido la capacidad de imaginar el dolor ajeno. La palabra es demasiado lenta y nos exige un esfuerzo de empatía que ya no estamos dispuestos a asumir. Necesitamos la exactitud del horror.
La cámara posee algo inquietante. Para capturar el dolor, primero obliga a tomar distancia de él. El fotógrafo observa a través de un visor mientras alguien se rompe delante de sus ojos. Quizá por eso tantas veces me pregunto si existe una línea invisible entre informar y abandonar. Entre documentar el sufrimiento y convertirlo en una exhibición consumible. Y, sin embargo, sé que muchas de esas imágenes fueron necesarias. La niña del napalm, Aylan Kurdi o el propio Falling Man alteraron conversaciones políticas, despertaron conciencias y obligaron al mundo a mirar aquello que prefería ignorar. Mi duda no nace de negar su importancia histórica, sino de intentar comprender por qué nuestra empatía parece depender cada vez más de la violencia explícita.
El problema se vuelve todavía más complejo en una época donde las imágenes ya no son necesariamente reales. Durante décadas la fotografía funcionó como una prueba irrefutable del horror. Ver para creer. Pero en plena era de la inteligencia artificial, incluso esa certeza comienza a desmoronarse. Si mañana una imagen generada artificialmente consigue emocionarnos más que una tragedia auténtica, ¿seguiremos defendiendo que el impacto visual es el criterio moral más importante? ¿Qué ocurre cuando nuestra empatía depende exclusivamente de aquello que impresiona a nuestras retinas?
Nuestra insistencia en mirar no es siempre una búsqueda de la verdad. A veces parece una forma desesperada de intentar sentirnos vivos a costa de contemplar la muerte de otros desde la seguridad de nuestro sofá. Al final, ese exceso de imágenes no nos hace más humanos, sino más inmunes. Nos hemos vuelto expertos en observar el abismo sin sentir vértigo.
El verdadero reto del periodismo contemporáneo no es enseñarnos a mirar más, sino impedir que dejemos de sentir. Porque si únicamente reaccionamos ante el cadáver explícito, la herida abierta o el cuerpo convertido en símbolo, tal vez el problema ya no esté en las imágenes. Tal vez el problema empiece a estar en nosotros. Nuestra obsesión con el horror no termina en las víctimas. También existe una fascinación inquietante por contemplar la caída del culpable.
Del mismo modo que parecemos necesitar imágenes explícitas del sufrimiento para creer en el dolor ajeno, también parecemos necesitar contemplar el castigo para sentir que existe justicia. No basta con saber que el verdugo ha sido detenido. Queremos verlo derrotado, humillado, destruido. Como si el cuerpo del culpable pudiera devolver algún tipo de equilibrio al mundo.
Pienso entonces en otra imagen histórica: el cadáver de Mussolini colgado boca abajo en una plaza italiana mientras una multitud observa, grita y celebra. La fotografía suele presentarse como el símbolo del final del fascismo italiano, una especie de victoria moral colectiva. Y, sin embargo, cada vez que la miro me invade una náusea. No por simpatía hacia una persona tan terrible, sino porque algo profundamente humano parece romperse cuando una muerte se convierte en espectáculo.
Esa misma lógica aparece constantemente en nuestro presente. Basta abrir cualquier red social después de un crimen especialmente cruel para encontrar miles de comentarios celebrando la idea de la tortura, la ejecución o la venganza. “Ha dejado de ser humano”, escriben algunos. Y quizá precisamente ahí comienza el verdadero peligro. Cuando necesitamos deshumanizar completamente a alguien para justificar su destrucción, lo que estamos haciendo es concedernos a nosotros mismos el derecho de decidir quién merece seguir siendo considerado humano y quién no. La historia demuestra hasta qué punto esa idea puede resultar devastadora.
La filosofa Hannah Arendt escribió sobre la banalidad del mal al observar cómo personas aparentemente normales podían participar en atrocidades simplemente dejando de pensar en la humanidad del otro. A veces me pregunto si esa banalidad también aparece cuando el odio colectivo transforma el sufrimiento ajeno en un espectáculo moralmente aceptable.
Me abruma pensar que la justicia, en su sentido más puro, quizá no exista. Hemos inventado leyes, tribunales y castigos para poder convivir sin destruirnos entre nosotros, pero ninguna condena devuelve realmente el equilibrio. La muerte del verdugo no resucita al inocente. Solo añade otro cuerpo al recuento de la fealdad.
En la misma línea de pensamiento, Gandhi escribió una vez: “ojo por ojo y el mundo acabará ciego”. Tal vez tenía razón. Porque matar al monstruo no elimina necesariamente la lógica del monstruo. En el fondo, aceptar que algunas vidas pueden ser eliminadas por un bien mayor significa aceptar la misma lógica que utilizó el criminal para destruir otras vidas antes. Y por eso me inquieta tanto la facilidad con la que convertimos la venganza en espectáculo. A veces lo que llamamos justicia no es más que el miedo colectivo intentando tranquilizarse a sí mismo.
No hablo de absolver a los culpables ni de negar el dolor de las víctimas. Hay crímenes tan brutales que parecen desbordar cualquiera idea posible de humanidad. Pero precisamente por eso me niego a aceptar que la única forma de combatir el horror sea imitándolo. Matar a alguien es también la forma más rápida de que deje de responder por lo que hizo. La muerte pone fin a cualquier posibilidad de conciencia, de culpa o de aprendizaje. Por eso el verdadero peso de la justicia no debería consistir en destruir al culpable, sino en obligarlo a convivir con la memoria de aquello que hizo. Porque tal vez el único castigo verdaderamente humano sea precisamente ese: la memoria. La obligación insoportable de recordar lo que somos capaces de hacernos los unos a los otros sin convertir ese recuerdo en una celebración de más muerte.
Cuando dejamos de ver al ser humano incluso en nuestro enemigo, empezamos también a despojarnos lentamente de nuestra propia humanidad. La justicia no debería consistir en devolver el mismo dolor, sino en negarnos a cruzar la línea que el criminal ya cruzó antes.
El castigo, entonces, debería medirse en función de nuestra propia humanidad. Castigar de la forma más dura que nuestra ética permite sin rebajarnos al nivel del criminal. Por eso incluso la peor persona recibe un juicio, una cama, comida o el derecho a seguir viva aunque no concediera nada de eso a sus víctimas. Y es importante entender que no lo hacemos por compasión hacia el verdugo, sino por fidelidad a aquello que nosotros decimos ser. Los derechos no son un premio que pueda retirarse cuando alguien deja de parecernos digno. Son inherentes porque pertenecen incluso a quien ha hecho algo monstruoso. De lo contrario, dejarían de ser derechos para convertirse en privilegios concedidos por quienes tienen el poder de decidir qué vidas siguen siendo humanas y cuáles no.
A veces escucho decir que ciertos criminales “son animales”. Ahí existe otra trampa peligrosa. Los animales no eligen el mal, actúan por instinto. Lo verdaderamente aterrador es aceptar que quienes cometen atrocidades siguen siendo humanos. Personas capaces de pensar, elegir y destruir. Si responder al horror exige que abandonemos nuestros propios principios, entonces el horror ya habrá vencido una última vez.
Me gustaría creer que existe una línea perfectamente visible entre informar y deshumanizar, entre justicia y venganza, entre mostrar la realidad y utilizarla. Pero sospecho que, si esa línea existe, es mucho más frágil de lo que pensamos.
Siempre pensé que el trabajo del periodista consistía en mostrar la realidad, especialmente aquella que otros preferirían ignorar. Pero cada vez me resulta más difícil distinguir dónde termina el deber de informar y dónde empieza otra cosa mucho más incómoda. Mostrar el dolor puede visibilizar una injusticia pero también puede significar invadir el momento más vulnerable de alguien y convertirlo en una imagen destinada a circular para siempre.
Ryszard Kapuściński, el gran cronista de las guerras, decía que para este oficio hay que ser, ante todo, una buena persona. Nos recordaba que el periodista tiene un poder que a veces olvida: “Nosotros nos vamos y nunca más regresamos pero lo que escribimos sobre las personas se queda con ellas el resto de su vida”. Antes de ser periodista, se es un ser humano. Su peso no es solo mostrar cosas incómodas, dolorosas o sensibles. Es el peso de ser el altavoz que las retransmite para que no queden en el olvido pero también para que no dañen la memoria de quienes las viven.
¿hasta dónde llega, entonces, nuestro derecho a mirar?
Quizá lo verdaderamente inquietante no sea no tener la respuesta. Quizá lo inquietante sería dejar de hacerse la pregunta. Mientras buscamos esa respuesta, el hombre sigue cayendo y cayendo. Y nosotros, impasibles, seguimos analizando la simetría de su final.

