La segunda película de El diablo viste de Prada vuelve con unas expectativas muy altas. Y no es para menos: no estamos hablando de una historia cualquiera, sino de un universo que definió cómo entendimos la moda, el poder y el periodismo

Por Raquel Rodríguez
La vuelta a la gran pantalla de Miranda Priestly es todo lo que necesitábamos todos los amantes de la moda. Y eso que eso que se dice de las segundas partes nunca son buenas, hasta que se demuestra lo contrario, y este caso el resultado sorprende: no intenta repetir la fórmula, la actualiza. La revista Runway ya no es el centro del mundo. La primera película convirtió el entorno laboral tóxico en algo casi estético, algo aspiracional. Haciéndonos creer que todos queríamos ser ellas. En ese momento el éxito parecía tener un precio: aguantarlo todo. Pero hoy ese relato ya no es igual. En esta nueva era de las redes sociales, algoritmos, influencers y velocidad constante ganan al papel. La información ya no entra por una puerta, se filtra por mil pantallas a la vez. Miranda no ha cambiado. El mundo sí.
Una de las lecturas más injustas de la primera parte es pensar que Andy fracasa por salir de ese universo tóxico cuando decide dejarlo todo tras la semana de la moda de París. La realidad es bastante más interesante. Andy no abandona Runway sin motivo, sino porque hay algo que pesa más: el periodismo y la necesidad de contar desde la veracidad. Atraviesa un proceso de aprendizaje en el que gana disciplina, criterio y mirada. Y todo eso la acerca a su objetivo real: ser periodista. Algo que no solo consigue, sino que se le premia en esta segunda parte con el reconocimiento a su trabajo. Aquí el valor del periodismo se vuelve principal.
La película plantea un conflicto muy actual como es la aparición de la inteligencia artificial. Andy toma una posición clara, defendiendo que hay historias que no se pueden sostener sin una mirada humana. Que no se trata solo de generar contenido, sino de entenderlo y darle sentido. Ella busca ir más allá, interpretar lo que ocurre y contar lo que realmente importa.
En la segunda película el personaje que protagoniza Anne Hathaway tiene la intención de escribir un libro sobre Miranda, sobre su forma de trabajar y su vida dentro de la revista. Un guiño que conecta directamente con el origen de todo este universo. Porque El diablo viste de Prada nació así: como la novela de Lauren Weisberger del año 2003, inspirada en su experiencia trabajando para Anna Wintour en Vogue. Y ese paralelismo no es casual. Es casi un cierre en círculo: la historia que empezó siendo contada, vuelve a cuestionar quién tiene el poder de contarla.
Si algo deja claro esta nueva lectura del universo Runway es cómo han cambiado las reglas del juego. Antes se normalizaban entornos extremos, recordemos que a Andy la contrataron como la “gorda e inteligente” en el año 2006. Hoy hay otro lenguaje: salud mental, derechos laborales y bienestar. Lo que antes era “así funciona esto”, ahora se cuestiona. Y la película lo deja ver con una primera asistente india, un segundo asistente obeso y una mayor presencia de personajes mucho más diversos.
A todos los fans de esta película se les quedará grabada la escena en la que Andy aparece con su icónico jersey azul cerúleo pero, esta vez, recortado y modernizado en forma de chaleco. Dando a entender que por mucho que pase el tiempo y las modas cambien, la esencia de la persona que empezó en el mundo laboral de la moda sigue ahí, siendo fiel a sí misma. Y también a todos los fans de la película.
Aunque si tuviera que quedarme con una escena, sería el momento en el que se resume todo. El momento en el que Andy le comenta a Nigel que el destino hizo que volviera a Runway, y el asegura que además de el destino, fueron unos cuantos mensajes y una brillante recomendación por su parte. Se abrazan y le guiña un ojo asegurándole que siempre será su favorita. Ese abrazo no es solo nostalgia, es la prueba de que incluso en un entorno laboral tan tóxico y exigente pueden surgir vínculos reales con personas que merecen la pena, capaces de mantenerse intactos hasta veinte años después.