Dijo David Foster Wallace en un muy recomendable ensayo sobre Lynch y su obra que “parte de la magia de ir al cine es entregarse a él, dejar que te domine»

Por Roi Bujeiro Veiga
Este es un texto que me está resultando muy difícil escribir, especialmente el principio. No es por una cuestión sentimentalista, ni por pocas ganas de hablar de él. Y es que recopilando información y revisitando algunas de sus obras, choco contra una pared cuya existencia ignoraba: ¿por qué me gusta la obra de David Lynch?
El problema de dicha cuestión es que representa mi error al enfocar este texto, y el de tantos al enfrentarse a su filmografía (entre los que me situé yo también): la pretensión de entender. Para mí, como para tantos otros, experimentar la filmografía de Lynch fue una lección magistral que ayudó a configurar cómo entendemos el cine, el arte y, en cierto modo, la vida.
Dijo David Foster Wallace en un muy recomendable ensayo sobre Lynch y su obra que “parte de la magia de ir al cine es entregarse a él, dejar que te domine.” En mi experiencia personal, ningún otro autor ha conseguido llevarme a ese punto de la misma manera, y fue él quien me descubrió hasta qué puntos podían llegar la fascinación e inmersión en una película. Para quien no esté familiarizado con su obra, es verdaderamente difícil de explicar de qué van sus películas, partiendo del punto de que la mayoría ni siquiera tienen una trama clara.
Hay una cuestión que debemos tener clara cuando hablamos de Lynch, base fundamental al experimentar su obra: no se trata de entender, se trata de sentir. Considero esta la lección más importante que aprendí gracias a él, y que en mayor o menor medida podemos extrapolar a otros autores y al arte en general. En una sociedad hiperconectada y sobreexpuesta a constantes estímulos informativos, donde cualquier pregunta puede ser resuelta en segundos y no parece haber lugar para la experimentación o la duda, esta no es una cuestión tan simple como a priori pudiera parecer. Vivimos apresurados, presionados para poder entender y explicar todo lo que nos rodea y empujados a racionalizar todos los aspectos de una vida que, a fin de cuentas, es un sinsentido.
Una de las grandes virtudes de este autor es su capacidad para captar la esencia de lo extraño. En su obra apreciamos siempre un doble filo de todas las cosas, monedas con dos caras que giran tan rápido que no nos permiten observarlas detenidamente. Hay un contraste permanente entre aspectos y planos de la realidad, con temas omnipresentes como el bien y el mal, el sueño y la pesadilla, lo puro y lo perverso. Lynch no le teme a las muchas caras feas de nuestra psique, y se embarca en la heroica tarea de navegarlas por nosotros. Dedicó mucho tiempo a promover hábitos como la meditación trascendental, práctica que le obsesionaba y que explica él mejor que nadie en muchos vídeos que se pueden encontrar fácilmente en la red. Era una persona profundamente espiritual y, crea uno más o menos en este tipo de cosas, hay que reconocer que contaba con una sensibilidad poco común.
Algo que se puede apreciar viendo sus películas es cómo era capaz de establecer una conexión entre el consciente del creador y el inconsciente del espectador, exponiéndonos a viajes que van mucho más allá de lo que nuestras barreras racionales pueden soportar. Es en esos momentos donde está su grandeza, cuando poco a poco nos obliga a desprendernos de la razón. Nada de lo que creamos saber antes de enfrentarnos a sus películas nos será de ayuda, y aun así no permite que nos quedemos desamparados ante ellas porque, cuando nos despojamos de la razón por saberla inútil en el viaje, nos tiende la mano y nos guía por caminos inimaginables. En ellos encontraremos crueldad, oscuridad y miedo. Miedo ante lo grotesco, lo perverso de nuestras emociones más básicas, que Lynch disecciona para darle la vuelta a como vemos el deseo, la violencia o el terror. Y aun así no hay lugar para el desamparo en este viaje, porque la oscuridad no resulta tan apabullante cuando relucen en ella destellos de la pureza, bondad y amor que el autor nunca olvida ni omite, y que en contraste con ese “lado oscuro” dejan hueco para la esperanza propia de la humanidad.
Porque Lynch, como apreciamos claramente en filmes como El hombre elefante, es un director humanista, que aprecia a nuestra especie con sus complejidades y aspectos negativos, y no pese a ellos. Como dice Albert, de Twin Peaks, sus preocupaciones son globales. “¿Terminará alguna vez esta tristeza que me hace llorar, esta tristeza que me hace llorar sin parar?”, nos pregunta la mítica Log Lady, de la misma serie. Lynch duda, teme y comparte sus preocupaciones más profundas con nosotros de forma pasional. Es de hecho, como se suele decir, un autor de preguntas y no de respuestas. Sin embargo, en este caso concreto, el mismo personaje nos da un bello y esperanzador respiro: “La respuesta, por supuesto, es sí. Un día, la tristeza terminará.” Todo este viaje sería inconcebible desde una perspectiva racional, pues necesitamos la sensibilidad de nuestro lado más emocional para entrar en contacto con las emociones mismas. Esta idea, que parece tan evidente, es la deuda que tengo con Lynch, el motivo por el que escribo este texto. Intento no tomarme todo tan en serio, no ponerle palabras o sentido a cuanto veo y siento.
Ahora sé cuan abundante es la belleza tras lo superficial, y trato de buscarla más a menudo. Entiendo el ridículo de buscarle una explicación a todo, pues estas escasean en el absurdo de lo cotidiano. También la necesidad de abrazar lo incognoscible y lo inexplicable, y es por todo esto que mientras escribo estas palabras decido no responderme a mí mismo. ¿Por qué me gusta la obra de David Lynch?, preguntaba al abrir este texto. ¿Qué importa?, replico para cerrarlo.

