«No es el espacio. Somos nosotros»

5 minutos de lectura

El universo impresiona, sí, pero lo que de verdad nos conmueve es cómo
seguimos siendo humanos dentro de él

Foto: Proyecto Salvación (vía Internet)

Por Lucía Besteiro Morandeira

En un momento en el que misiones como Artemis II vuelven a recordarnos que el ser humano sigue mirando hacia arriba, el cine parece responder desde otro lugar, no tanto explicando el universo, sino explicándonos a nosotros mismos dentro de él. Eso es lo que ocurre en la película protagonizada por el canadiense Ryan Gosling, Project Hail Mary (Proyecto Salvación). Basada en la novela de Andy Weir, la historia parte de una premisa de ciencia ficción clásica pero rápidamente se desplaza hacia algo mucho más íntimo: la supervivencia entendida como vínculo.

Hay una primera imagen que marca el tono sin posibilidad de escape. Unos cuerpos flotando en el vacío, sin ruido, sin gravedad, sin despedida. El protagonista los observa, los honra y abre la escotilla. Los cuerpos se alejan lentamente, tragados por un silencio que no admite emoción aparente y, sin embargo, todo en la escena es profundamente humano. No hay épica, sino fragilidad.

A partir de ahí, la película se construye sobre un equilibrio constante entre el miedo y la curiosidad. El descubrimiento de la otra nave no es solo un giro narrativo, sino también una experiencia visual en la que dos estructuras se enfrentan como dos formas de entender la materia. Funciona como un gran cuadro del espacio, construido con los colores más surrealistas y hermosos que se pueden imaginar.

En ese encuentro, algo inesperado empieza a tomar forma. La relación con Rocky no nace desde la comprensión, sino desde el intento, maquetas, gestos, pequeños códigos compartidos. Lo que al principio es completamente ajeno acaba volviéndose cercano. Y ahí es donde la película deja de ser ciencia ficción para convertirse en algo reconocible.

Hay un momento clave que condensa todo eso cuando el protagonista decide quitarse el casco. No hay certeza ni garantías, solo una intuición y un salto. Cuando respira y descubre que puede hacerlo, sus ojos se abren como si estuviese viendo el mundo por primera vez. Es el instante en el que el miedo se transforma en confianza.

Pero si hay una escena que desborda cualquier intento de análisis racional es la de la línea Petrova. Para entender su impacto conviene detenerse en lo que representa. La línea Petrova es una anomalía astronómica que aparece en el sistema solar como una franja infrarroja que se extiende desde el Sol hasta Venus y está vinculada al astrófago, un organismo capaz de alimentarse de la energía solar y provocar su debilitamiento, con consecuencias potencialmente catastróficas para la vida en la Tierra.

Con ese contexto, la escena deja de ser solo espectacular para convertirse en algo inquietantemente real. Primero aparece la calma, ese verde casi imposible, casi esperanzador. Y de repente llega el estallido, la luz, el rojo, la intensidad, como si todas las estrellas más hermosas del universo hubiesen explotado ahí mismo.

No es solo una imagen bonita, es un impacto físico. Los ojos se abren más de lo normal y el cuerpo se echa hacia atrás. Durante unos segundos no hay capacidad de procesar nada, ni siquiera salen lágrimas y la boca queda ligeramente abierta, incapaz de reaccionar. Solo queda una sensación de asombro absoluto, casi de shock, como si se hubiese recibido un golpe emocional con un chaleco antibalas, un impacto que no atraviesa pero se queda suspendido en el pecho.

En ese momento de belleza, aparece una sensación extraña, casi física, la de estar ahí, como si al estirar una mano se pudiesen tocar esos fragmentos de luz roja.

Ahí es donde el trabajo de Greig Fraser alcanza algo difícil de explicar. No construye imágenes, construye experiencias. El uso de efectos prácticos, de luz infrarroja y de una textura casi tangible hace que lo que se ve no parezca generado, sino vivido. Hay volumen, profundidad y una sensación de realidad en lo imposible. Su obsesión por trabajar al borde del fracaso, evitando la perfección digital, le da a la película una fisicidad que se siente. No es ciencia ficción pulida, es algo que respira.

La música sigue ese mismo camino. El trabajo de Daniel Pemberton no acompaña, sino que sostiene. Se convierte en una presencia más, casi en un personaje invisible que empuja, calma y envuelve. Su construcción, basada en voces humanas, ritmos orgánicos y sonidos cotidianos transformados, mantiene un eco constante de la Tierra incluso en el espacio más lejano.

Cuando una música trasciende la pantalla de tal manera que, al escucharla fuera del cine, devuelve casi a esa experiencia, es que ha conseguido algo extraordinario. Todo parece normal alrededor, pero deja de percibirse como tal. La realidad se vuelve ligeramente ajena, suspendida, y aparece una sensación de ingravidez, como si en cualquier momento los pies pudiesen despegarse del suelo y comenzar a elevarse hacia el cielo y al cerrar los ojos pudiera sentirse la luz del color de las amapolas. En el centro de todo está Ryan Gosling. Su interpretación sostiene algo muy difícil: hacer humano lo imposible. Y lo consigue, no solo por lo que hace, sino por lo que transmite.

En la sala se alternan dos extremos, la risa abierta, casi colectiva, y el silencio absoluto. Un silencio denso en el que las lágrimas aparecen sin necesidad de explicación. Esa capacidad de llevar al espectador de un lugar a otro con tanta precisión habla directamente de su versatilidad.

Quizá por eso este papel se percibe como una síntesis. Como si todo lo anterior hubiese conducido hasta aquí. Una interpretación que reúne lo humano, lo vulnerable, lo cómico y lo emocional en un mismo cuerpo. Su trabajo con Rocky, una marioneta en set animada después, resulta especialmente revelador. La emoción no nace del efecto visual, sino de la convicción.

El cierre no busca grandilocuencia, sino algo más íntimo. Reconstruir un hogar con lo que se echa de menos, una playa, un cielo nublado, pequeños detalles que contienen una vida entera. Ahí es donde la adaptación de la novela de Andy Weir demuestra su mayor acierto. No se limita a trasladar la historia, sino que entiende su esencia. Los paralelismos, los detalles, como ese guiño a The Beatles, y la coherencia emocional hacen que todo encaje. Por eso funciona, conecta y se queda.

Y por eso también trasciende la pantalla. No es casual que incluso los propios astronautas de Artemis II hayan encontrado en esta historia una forma de verse reflejados. Porque, en el fondo, la película no habla solo de salvar el mundo, sino de algo más profundo: la capacidad humana para entender, adaptarse y cuidar incluso en lo desconocido.

El universo impresiona, sí, pero lo que de verdad nos conmueve es cómo seguimos siendo humanos dentro de él. No es una historia triste, sino una historia emocionante, hermosa y profundamente esperanzadora. Es un recordatorio de que, incluso frente a lo imposible, el ser humano sigue siendo capaz de cosas extraordinarias. Y de que, quizá, lo más fascinante del universo no está fuera.

Deja una respuesta

Your email address will not be published.

Historia anterior

Néstor Pardo: «La música debe ser algo que nace en un lugar, pero que luego viaja a través de las personas y ya no pertenece a nadie»

Últimos desde Cine

¿Qué nos da miedo?

El concepto general del miedo evoluciona y transmuta con el flujo de las generaciones. En el…

0 $0.00