La trascendencia de la composición fotográfica en el cine habita en el acuciante propósito de expresión y compresión que otorga sentido a la esencia del séptimo arte

El cine es un arte combinatorio, una creación sublime fundada en la sinergia entre diferentes elementos visuales que se traduce en una narrativa que procura transmitir emociones, sentimientos, inquietudes, enseñanzas o simplemente pretende existir. Por esta razón, cualquier composición cinematográfica cumple el propósito radical de establecer un puente comunicativo entre el autor y el público, dos agentes trascendentales por la reciprocidad que los une: el creador de la obra despierta y hace tangible aquello para lo que el espectador carece de la palabra precisa para expresar, pero también espera una reacción empática con él, es decir, el creador aspira a ser comprendido.
En el otro lado de la balanza nos encontramos al susodicho espectador, un individuo definitivamente complejo que encuentra en una escena, un diálogo o una atmósfera la materialización de una serie de emociones que deambulan por su fuero interno en el limbo de la abstracción. El espectador, al igual que el devoto se arropa en la fe para comprender y sobrellevar la naturaleza de la existencia, recurre al cine como un ejercicio de introspección, como un reflejo visual de su espectro anímico. Para analizar la poderosa habilidad del cine de conmover a través de su composición, he seleccionado dos escenas que ilustran la excelencia y la imperfección en este campo.
ESCENA FINAL DE THE MATRIX REVOLUTIONS
La trilogía de Matrix constituyó un auténtico hito en el panorama cinematográfico mundial por la evidente innovación que supuso en el campo de los efectos visuales (CGI) y por las connotaciones filosóficas que abordaba. La definición colectiva de libertad, la decisión primigenia del individuo por reclamar su identidad como derecho fundamental y el cuestionamiento de la alienación impuesta fueron algunas de las cuestiones sobre las que reflexionaron las hermanas Wachowsky a lo largo de la confección de este fascinante universo, y supieron reforzar esta disertación cinematográfica gracias al cuidado de la técnica. Podemos utilizar como ejemplo el contraste entre los tonos desaturados y oscuros del mundo Matrix y los colores cálidos que caracterizaban a Sion, pues esta oposición determinaba la diferencia entre la naturaleza sombría de la imposición y el éxtasis refrendado por la libertad. Tomando como punto de partida esta somera introducción, procederé a analizar la escena final de The Matrix Revolutions, en la que se nos muestra la única interacción entre el Arquitecto y el Óraculo, así como el reencuentro entre este personaje y Sati.
La primera parte de la escena nos enseña un breve diálogo entre el Arquitecto y el Oráculo, y podemos mencionar una serie de detalles técnicos que refuerzan la tensión narrativa expuesta. En primer lugar, dentro de la alternancia de planos en cada una de las intervenciones de los personajes hemos de destacar el peso de la angulación en la diégesis de la interacción. Podemos observar la utilización de un contrapicado en los momentos en los que habla el Arquitecto, una decisión de la podríamos inferir el propósito de representarlo como lo que es, un personaje imparcial que no se rige bajo las leyes de las emociones humanas, una entidad de programación diseñada para procurar el equilibrio. Además, durante el diálogo entre el Oráculo y el Arquitecto, en cada uno de los planos siempre vemos cortado una parte de la silueta del receptor en el encuadre, lo que genera una inmersión mayor del espectador en la escena.
La segunda parte de la escena comienza con la transición del color gris característico del cielo nublado a la vitalidad calidad del cielo anaranjado del amanecer. Aquí se nos muestra el reencuentro entre Sati y el Oráculo, una interacción muy humana que responde a la calidez cromática introducida. Ambos personajes nos remiten a la defensa de la libertad como derecho inherente a cualquier individuo o identidad, Sati desde su nacimiento como una entidad nacida de la unión del amor y no únicamente de su configuración inicial como programa de la Matrix, y el Oráculo como abogada del libre albedrío y la búsqueda de la identidad. La utilización de un plano medio de los dos personajes sentados en el banco, que nos evoca calma y tranquilidad, desemboca en un plano paisajístico que enfoca el horizonte de un nuevo amanecer, un símbolo de la transformación y resurrección de unos ideales que se plasma de manera soberbia con el cuidado de todos los detalles técnicos que hemos mencionado.
ESCENA INICIAL DE FRANKENSTEIN, DE GUILLERMO DEL TORO
La segunda escena seleccionada para comentar, y la correspondiente a la “mejorable”, es la escena inicial del Frankenstein de Guillermo del Toro, estrenada en la plataforma de streaming Netflix el pasado 7 de noviembre. Podría utilizar cualquier escena de la película para analizar un problema que considero sistémico en la película, y endémico en la industria cinematográfica actual. A pesar de la complejidad de los personajes y de la brillante capacidad a la que nos tiene acostumbrados Guillermo del Toro para narrar historias, desde el punto de vista técnico, Frankenstein es una película que roza lo pretencioso.
Como mencioné anteriormente, me voy a servir de la escena que abre la película para esgrimir mis argumentos. La escena recurre a un plano secuencia que viaja paulatinamente hasta el personaje del capitán de un barco atascado en el hielo, con un encuadre amplio que incluye gran parte del paisaje gélido, y que termina en un plano medio con el propio capitán como punto focal. La decisión de aplicar el plano secuencia aporta dinamismo e introduce al espectador al ritmo general de la película, trabajado pero ágil. No obstante, el problema radical no reside en los elementos incluidos en el encuadre, en la selección del ángulo o en la intensificación de la sensación de movimiento con el plano secuencia: el problema radical reside en el color. En la gran mayoría de producciones cinematográficas de esta última década se apuesta por un efectismo visual exacerbado, planos fotográficos impactantes y un tratamiento del color prácticamente irreal. La excesiva intensidad y el juego del matiz del color tanto en esta escena como en el resto de la película hace que el propósito expresivo y simbólico del color, en una paradoja técnica, se pierda.
Es evidente que cada color presenta una serie de connotaciones emocionales que ayudan a enriquecer la diégesis narrativa, pero la exageración, sin mayor sentido que el impacto visual, dinamita la posibilidad de establecer una cercanía emocional con el espectador. De esta manera, en el intento de humanizar la figura del monstruo, lo que se consigue es una película basada en gobierno de lo visual y carente de conexión alguna. Las interpretaciones de los actores se ven opacadas por una atmósfera saturada e inclinada hacia tonos excesivamente fríos o tremendamente cálidos, y esto altera de forma irrevocable la sensación de realidad, además de convertir lo fantástico en algo común y cargante.