Néstor Pardo: «La música debe ser algo que nace en un lugar, pero que luego viaja a través de las personas y ya no pertenece a nadie»

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Hablamos con Néstor Pardo, músico y compositor que concibe la creación musical como un recorrido introspectivo que desemboca en la manifestación universal

Foto: Soul Natty

“Cantares del Polvo Y La Tierra” es el nuevo trabajo discográfico de Néstor Pardo, un trayecto profundamente íntimo que se desarrolla en una atmósfera bucólica, enriquecida de un nostálgico onirismo que completa el concepto del disco. Cada canción es una revelación personal, un acto de valentía contra la sobreproducción de la industria musical que rinde homenaje a los pequeños detalles y a la virtud de la naturalidad. Además, esboza el rumbo de una identidad sonora que no cesa en su proceso evolutivo, y que nos descubre la sensibilidad versátil de un álbum que destila pureza y honestidad.

P: ¿Quién es Néstor Pardo? ¿Cómo te definirías como músico?

R: Es difícil (risas). A mí no me gusta hablar en tercera persona, pero te diría que soy una persona que intenta sobrevivir siendo feliz, y soy músico por circunstancias de la vida. No tuve una infancia en la que estudiara música ni nada por el estilo, simplemente me compré una guitarra un día y, a partir de ahí, cambió mi historia, pero no creo que quién sea yo personalmente esté demasiado vinculado con mi profesión. Al final, ser músico es una cosa y quien eres tú es otra. Como músico, me definiría como un escritor de ficciones, y un poco friki de la guitarra también (risas).

P: El pasado 13 de marzo publicaste “Cantares del Polvo Y La Tierra”, un disco absolutamente íntimo que nos transporta a un bucolismo nostálgico y conmovedor, a partir de tu voz rasgada y tu Weisserborn. No obstante, lo más llamativo es la sensación orgánica del sonido, después de grabarla en cinta magnética, lo que le da una sonoridad completamente diferente. ¿Por qué tomaste esta decisión de grabar en cinta? ¿Qué es lo que le aporta al conjunto general del disco?

R: A mí siempre me gustó mucho el sonido de los discos de hace muchísimo tiempo, ese sonido que parece casi un sueño o una especie de recuerdo. Llevo muchos años tocando, siempre he estado grabando en diferentes estudios o con productores, y me apetecía grabar de la manera en la que se grababan los discos que me gustan. Por ejemplo, admiro mucho la historia de Alan Lomax y cómo iba por todo el mundo grabando a la gente con un magnetófono y un micro. Esas grabaciones me parecen muy bonitas porque tienen algo que una producción no puede tener, que es esa emoción de captar el instante completamente. Al final, los discos producidos no dejan de ser pistas, un día se graba la voz y otro día se graba la guitarra, para mí pierden la energía de la canción o la interpretación en sí. Entonces, intenté acercarme a esta clase de grabación lo máximo posible, por lo que busqué utilizar solo magnetófonos y micrófonos de cinta, que eran los micros premium de antes y ahora se enfocan más a instrumentos y a producciones de voz muy específicas. Entonces, cogí un micrófono RCA de los años 40 y un magnetófono, que era el mismo que utilizaba Alan Lomax, puse el micro delante y grabé el disco para que fuesen tomas únicas. Es cierto que me volví un poco loco (risas), porque grababa una toma y decía: “me gusta, pero voy a probar a grabar otra a ver si me gusta”, y terminaba acumulando un montón de tomas.

Vivimos en un mundo en el que todo está ultraproducido, en el que muchísima gente busca construir un hit llevando a cabo la misma fórmula, y me gusta la idea de ir hacia lo artesanal. Además, me gustaría aprovechar ese concepto para ir grabando a más gente y buscar una línea distinta de sonido e identidad, apartándonos de esa lucha contra el algoritmo.

P: Componer una canción es crear algo de la nada, y para mí hay algo muy importante en este proceso, que radica en buscar la forma de trasladar la emoción a una letra o un sonido. ¿Cómo se traslada esa sensibilidad a una guitarra, una melodía o una letra? ¿Cómo se vive esa sinergia entre el instrumento y la verdad que uno guarda dentro?

R: Muchas veces, cuando me noto extraño, localizo que es un buen momento para escribir una canción. Si me siento triste o con ansiedad, entiendo esa emoción como una invitación de mi mente a que escriba sobre eso, porque me aliviará y me ayudará a sentirme mejor. Además, escribir canciones me ayuda a ordenar mis emociones, me permite calmarme y entenderme a mí mismo mucho mejor. Intento que estén escritas de una forma sencilla para que no solo me calme a mí, sino también a los demás. Al final, todos compartimos emociones, disgustos o alegrías, y lo bonito de la música es eso. Si a mí me ocurre una cabronada y escribo sobre ello, que esa canción sea capaz de acompañar a otra persona que está pasando por un proceso parecido es algo muy bonito, porque esa canción ya no es tuya. Hay un refrán precioso que decía “una canción no es canción hasta que no pertenece al pueblo”, y eso es totalmente real. La música debe ser algo que nace en un lugar, pero que luego viaja a través de las personas y ya no pertenece a nadie.  

Cuando empiezo a escribir una canción, prácticamente no toco mi instrumento, simplemente suelto acordes muy abiertos y luego, a través de esa estructura básica de tres o cuatro acordes, miro de arreglarlos o buscar sustituciones para colorear un poco a la canción, pero siempre intento que el instrumento se adapte más tarde para encontrar el arreglo que encaje de la forma más respetuosa con la canción.

P: ¿Por qué es importante encontrar la voz personal? ¿Qué dificultad entraña? ¿Cuánto te ha servido para conocerte a ti mismo, como artista?

R: Todo el mundo tiene que buscar su propia manera de contar las cosas. Al final, si quieres contar algo de verdad tienes que contarlo desde quién eres tú, pero al principio es muy complicado que una persona de veinte años pueda tener una identidad tan forjada. Antes de trabajar tu identidad y cómo quieres contar las cosas, tienes que beber de muchas influencias para poder llegar a tus propias conclusiones, disfrutar de esas influencias y aprender. En mi caso, sigo aprendiendo un montón y tengo la mente muy abierta a escuchar cosas distintas para ver hacia dónde voy, pero me gusta sentir que puedo seguir evolucionando hacia otros lugares. No me gusta la idea de quedarme estancado y tocar siempre la misma canción, es algo que me da bastante miedo. Es cierto que he bebido mucho de la música de raíz como el blues, el country o el rock and roll, y me fui a Mississipi a tocar con gente que toca únicamente blues (risas), fue una experiencia muy enriquecedora, en todos los sentidos. Todos esos caminos que he cogido en el pasado, de los que disfruté mucho, son los que han permitido que ahora tenga la idea que tengo sobre mi música y sobre lo que quiero transmitir, y no me gusta tener una etiqueta clara. Intento bailar entre varios estilos y, sobre todo, crear mi propio sonido, que lo escuches y digas “ese seguro que es Néstor”.

P: Has hecho una serie de conciertos de presentación del disco, y abordando el tema del directo, parto de la premisa de que los músicos sois como actores, porque tenéis que interpretar vuestras canciones. ¿Por qué es difícil hacer una canción tuya al principio? ¿Cómo consigues transmitir esa propia verdad a la gente?

R: Es importante creer en tus canciones. A veces, hay canciones que desecho o guardo, es decir, a lo mejor escribo una canción, me convence de primeras, pero luego no la veo clara y la dejo apartada, y puede estar así durante años. Después la recupero o no, eso nunca se sabe, pero creo que cuando terminas una canción, has terminado todo con ella, ya caminas hacia otro lugar y la canción queda en un pasado en el que la necesitabas, pero ya no la necesitas tanto. Puede haber una relación extraña con una canción, pero hay que ser muy consciente de por qué la escribiste y por qué creíste en ella para poder defenderla. A las canciones hay que quererlas mucho, la música no deja de ser algo que tiene que traspasarse de unos a otros, un testigo que nos pasamos. No hay que darle tanta importancia al individuo, hay que darle más importancia a lo que es el mensaje o el lenguaje, y no tanto a quiénes lo aplicamos.

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