Sobre el «body horror» y el culto al cuerpo

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Vivimos en la era del culto al cuerpo, donde este no es campo pruebas de nuestra vida y placeres. Es una mercancía, un bien capitalizable que habla de nuestro estatus social y con el que debemos hacer algo productivo

Foto: Fragmento de Videodrome (1983), de David Cronenberg

Por Roi Bujeiro Veiga

Vísceras. Flujos y fluídos. Huesos, dientes, encías. Retorcidas extremidades. Tendones y viscosidades varias. Pelo, ojos. Heces y orina, saliva y bilis. Palabras que llenan la boca, algunas casi desagradables de oír y pronunciar. Sin embargo, no hay ninguna que no produzcan o contengan tu cuerpo y el mío, seamos quienes seamos. Son los elementos base con los que juega un infame subgénero del terror: el body horror.

Si bien no se limita al cine (muchos sitúan el origen de esta corriente en la literatura gótica del siglo XIX, con obras como el Frankenstein de Mary Shelley), es esta forma artística la que más lo ha desarrollado y dado a conocer, desde las primeras obras de David Cronenberg en los 70 hasta fenómenos recientes como La sustancia (2024). A priori, se trata de un subgénero del terror en el que cosas terribles le pasan al cuerpo: mutilaciones, descomposiciones y demás mutaciones y malformaciones. La impresión aquí viene de ver cuerpos humanos alterados y carne descompuesta pero, ¿de qué lado está realmente el horror?

Nuestro cuerpo es, en cierto modo, el envase en el que vive nuestra consciencia. Nuestra manifestación física, mediante la que entramos en contacto con el mundo que nos rodea. Crece a la vez que nuestra mente, progresa, aprende y madura. Pero llega un punto en que deja de crecer. Alcanzamos un cuerpo adulto, y ya no nos hacemos más altos, ya no tenemos que cambiar calcetines y zapatos todos los años. Pero nuestra piel cambia. Se irrita, le salen granos y se arruga. Es grasa o reseca, puede que ambas. Se nos infla el estómago, engordan las piernas y ensancha la cintura. Una flacidez allí y un bulto allá, una verruga, varices y estrías. Celulitis. Acné, herpes, vitíligo. Más arrugas. Rojeces y moratones, un arcoíris de posibilidades y ninguna nos agrada. Aún más arrugas. Creemos que podemos esquivar todo. Cremas, potingues y aceites, dietas específicas y crema de sol, skincare todas las mañanas y noches. Pero ahí persisten, porque envejecemos, porque enfermamos o por nada en concreto, simplemente porque es natural.

¿Es natural? Enciendes la televisión o abres Instagram y todas las pieles relucen, las caras están tersas, los pies se enfundan en tacones y si la ropa aprieta es porque la porta un torso musculado o unos pechos firmes. Miras a todas partes y te deslumbran melenas radiantes y los destellos de perlas blancas perfectamente alineadas en la boca de X influencer. Empiezas poco a poco a compararte, y entre lecciones online sobre cómo amar tu cuerpo (o cómo tener un cuerpo digno de ser amado) ves que esa amiga sube fotos de perfil con un vientre cóncavo y ese compañero de clase sólo se hace selfies desde un ángulo más que medido y estudiado. Mejor no mirarte al espejo después de estar mirando a la pantalla.

Vivimos en la era del culto al cuerpo, donde este no es campo pruebas de nuestra vida y placeres. Es una mercancía, un bien capitalizable que habla de nuestro estatus social y con el que debemos hacer algo productivo. Nuestro valor reside en parte en la “perfección” de nuestro cuerpo, y aprendemos pronto cómo debe ser este para ser válido. No hay hueco para enfrentarnos a los cambios naturales que vivimos, porque el foco está puesto en adaptarnos al entorno antes que a nuestro ser mismo.

Por extraño que pueda parecer, encontramos reflejos más fidedignos de cómo es vivir en nuestros cuerpos cambiantes en la exageración abyecta del body horror que en las redes sociales o en el contenido que nos bombardea día tras día. Por ejemplo, en Akira (1988) el protagonista sufre una serie de cambios corporales imparables y grotescos tras la exposición a fuentes de energía extrañas. Si bien aquí la principal lectura es que nos habla de las consecuencias de la bomba atómica en el Japón de la posguerra, también podemos verlo como una metáfora del paso de Tetsuo, el protagonista, por la pubertad y las vicisitudes de la adolescencia. Existen ejemplos más radicales y debatibles como Carcinoma (2014) o Tanatomorphose (2012), en las que la descomposición del cuerpo y el horror que esta conlleva nos hablan de las ansiedades de la vulnerabilidad física, del miedo a la enfermedad y a la vejez.  

Este subgénero hereda la tradición de artistas incómodos que rompieron con cánones y trastornaron los equilibrios estéticos de sus épocas: El Bosco, El Greco, Goya, Artemisa Gentileschi o Mary Shelley. Hijos e hijas de sus tiempos, pintaban cuadros y escribían novelas. Hoy tenemos el cine y directores y directoras como el mencionado Cronenberg, Coralie Fargeat o Julia Ducournau, pero sus objetivos son similares: la corrupción y deformación de los cuerpos como la manifestación del grito interno. La angustia, la depresión o la soledad son sufrimientos que nos afectan más allá de lo psíquico, y cuyas manifestaciones físicas se alejan de los cánones de belleza tradicionales. Así, estos artistas practican la anti-idealización de la belleza para resignificarla, adueñarse de ella y buscar su verdad. Y es una labor incómoda.

Se trata de filmes habitualmente controvertidos, pues este tipo de perversión suele ser cuestionada desde un punto de vista tanto moral como estético. Hay casos más mainstream y recientes como la mencionada La sustancia, pero su éxito nos habla de un interés real del público en este tipo de historias. ¿Se debe al morbo?

No lo creo. Si bien puede haber una inevitable parte de esto, siento que el body horror triunfa porque, en esencia, manifiesta el anhelo del público de naturalidad, de una realidad en la que verse reflejado. Los cuerpos “perfectos” inundan el imaginario colectivo, se clavan en nuestra cabeza y los convertimos en modelos ideales. Contra este bombardeo de estándares inalcanzables, estas obras nos enfrentan a las posibilidades reales de nuestros cuerpos; defeca, orina, supura, suda, copula, da a luz y muere. Las deformaciones abyectas de este cine, pese a su parte fantasiosa, son más cercanas a la realidad de nuestros cuerpos que las imágenes que nos lanzan a diario las pantallas.

El cuerpo es humano, no desagradable, pero se nos enseña a odiarlo, despreciarlo y fustigar a nuestra mente hasta que lo maltrata. Por eso no es el morbo lo que nos atrae del body horror, es porque nos conecta con lo grotesco, nos recuerda lo repulsivo de nuestra naturaleza y también que es normal, nos encamina a la reconciliación con nosotros mismos. Nos aporta un lugar en el que sí vemos reflejadas las ansiedades de nuestra fragilidad, las posibilidades de nuestra carne y la angustia que a veces causa. Ligamos a nuestros cuerpos sentimientos como la culpa y el pudor, y descargamos en él nuestra rabia e impotencia. El culto al cuerpo es lo que nos hace llegar a odiarlo porque lo convierte en algo aséptico, pulido y preciso, que no padece, envejece o perece. Lo vuelve algo tan distante de nuestro ser que nos cuesta aceptarlo como parte intrínseca de nosotros mismos.  

Es aquí cuando lo realista deja de ser el cuerpo en la televisión y pasa a ser el monstruo al final de La Mosca porque, como dijo Pilar Pedraza, “los lugares del monstruo no son ya las tinieblas, el subterráneo o el espacio exterior, sino el propio cuerpo. Ese apéndice siniestro, a la vez conocido y desconocido, que envejece, incuba tumores en silencio, reclama drogas, propaga virus y traiciona al alma negándose a continuar vivo indefinidamente”.

Por todo ello creo que el body horror va más allá de ser un subgénero del terror, y no considero que sea merecedor del menosprecio que recibe muchas veces. Es un hijo de nuestro tiempo, que resurge en la era digital como reacción necesaria al culto al cuerpo y al impulso de perfección y productividad que pretende regir nuestra vidas y nos degrada, nos deshumaniza. Quiero terminar con una cita de Daniele Luttazzi: “La sátira exhibe el cuerpo grotesco, dominado de las necesidades primarias (comer, beber, cagar, mear, follar) para celebrar la victoria de la vida: lo social y lo corpóreo son unidos gozosamente en algo indivisible, universal y beneficioso”.

¡Larga vida a la Nueva Carne!

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