No se trata de sustituir la tradición ni de enfrentar el folclore con el reguetón, sino de entender que una lengua también está viva cuando se baila, se canta, se mezcla y se transforma

Por Daniela Tojo
En 2025, el Instituto Galego de Estatística (IGE) alertaba de una realidad preocupante: el gallego perdía presencia entre las nuevas generaciones y una parte de la infancia crecía sin conocer suficientemente su propia lengua. Ante este escenario, cabe preguntarse: ¿y si el auge de la música urbana en gallego fuese una de las claves para su normalización lingüística?
Lg1do, 9louro, Kid Mount, Xmaseda, 9Collazo, Adán Amoroso o Alddara son algunos de los artistas que están despuntando en la escena musical gallega en 2026. Algunos llevan años construyendo su trayectoria; otros comienzan a hacerse un hueco en una industria en la que el pop, el reguetón y hasta el folk demuestran que pueden convivir en una misma identidad musical: la gallega.
Durante décadas, la música en Galicia ha estado estrechamente vinculada al folclore popular, a los ritmos tradicionales y a unos sonidos que han contribuido a construir y preservar nuestra identidad cultural. Sin embargo, la sociedad cambia, evoluciona y transforma también sus formas de consumir música. Las nuevas generaciones escuchan otros géneros, descubren nuevos referentes y encuentran en las plataformas digitales una ventana abierta a tendencias que trascienden fronteras. En ese contexto, la música en gallego ha comenzado a diversificarse, alejándose de la idea de que cantar en nuestra lengua implica hacerlo necesariamente desde los códigos de la tradición.
Durante mucho tiempo, pareció que representar musicalmente a Galicia exigía mantener cierta distancia respecto a los ritmos latinos, el pop comercial o las tendencias urbanas que triunfaban fuera de nuestras fronteras. Mientras tanto, buena parte de la juventud encontraba sus referentes en artistas nacionales e internacionales que cantaban en castellano o en inglés. Pero ¿por qué elegir entre la identidad cultural y los sonidos que realmente conectan con una generación?
La respuesta está, quizá, en una nueva ola de artistas jóvenes que comparten una procedencia, una sensibilidad y una forma de entender la música, pero que no necesitan convertir la lengua en un manifiesto para reivindicarla. Jóvenes de entre 18 y 25 años que hacen reguetón, experimentan con el pop, incorporan sonidos electrónicos o recuperan elementos de la tradición desde una perspectiva contemporánea. Artistas que cantan en gallego, mezclan idiomas y crean sin preocuparse demasiado por las etiquetas.
No se sientan necesariamente a pensar cómo acercar el gallego a la juventud ni pretenden dar una lección de normalización lingüística con cada canción. Simplemente, crean en la lengua en la que se expresan, sienten y viven. Y, precisamente por eso, su impacto puede ir mucho más allá de lo musical: contribuyen a que el gallego encuentre nuevos espacios de uso, llegue a públicos diferentes y traspase las fronteras de Galicia.
Quizá ahí resida la clave. No se trata de sustituir la tradición ni de enfrentar el folclore con el reguetón, sino de entender que una lengua también está viva cuando se baila, se canta, se mezcla y se transforma. Porque, a veces, la mejor manera de normalizar una lengua no consiste en explicar por qué deberíamos utilizarla, sino en demostrar que podemos hacerlo para cualquier cosa, incluso para cantar sobre una noche de fiesta.
Y si el gallego también puede sonar en una discoteca, colarse en las listas de reproducción de los más jóvenes y convertirse en la banda sonora de una generación, quizá la pregunta ya no sea si el reguetón puede ayudar a normalizar nuestra lengua, sino cuánto tiempo llevábamos esperando a que alguien se atreviese a hacerlo.
Entiendo que a buena parte de las generaciones anteriores les cueste aceptar el reguetón. Al fin y al cabo, cada época tiene sus propios sonidos y sus propias resistencias a lo nuevo. Sin embargo, más allá de los prejuicios, la ciencia también ha puesto el foco en cómo responde nuestro cerebro a la música. Una investigación realizada por el neurocirujano Jesús Martín-Fernández y su equipo exploró las respuestas cerebrales ante distintos géneros musicales, incluido el reguetón, abriendo un debate sobre la relación entre ritmo, movimiento y emoción.
Quizá no seamos más hiperactivos ni más plurilingües por culpa —o gracias— a la música del siglo XXI. Pero sí vivimos en una época en la que las fronteras culturales son cada vez más permeables y en la que una generación puede bailar reguetón, escuchar pop internacional y reivindicar su lengua propia sin sentir que tiene que elegir entre unas cosas y otras. Y, en Galicia, esa combinación puede tener una consecuencia mucho más importante que cualquier tendencia musical: que el gallego también suene en los auriculares, en las fiestas y en las canciones que definen a toda una generación.