San Simón puede ser hermosa y terrible. Puede ser un lugar de memoria y un lugar de encuentro. Puede despertar dolor en alguien y serenidad en otra persona. Y ninguna de esas cosas consigue agotarla. El problema no es decidir cuál de esas miradas es la correcta, sino aceptar que ninguna puede abarcar por completo todo lo que la isla ha sido

Azul. El agua apenas se mueve. La ría respira despacio y el viento parece haberse tomado un descanso. Al otro lado, las montañas recortan el horizonte bajo un cielo que, al caer la tarde, empieza a confundirse con el mar. Solo se escuchan los pájaros, el rumor de las hojas y un silencio que no termina de serlo. Cuesta creer que un paisaje capaz de transmitir tanta serenidad haya soportado tanto peso. La isla de San Simón, unida por un pequeño puente a la de San Antón, lleva siglos contemplando la ría desde el mismo lugar. A simple vista es difícil imaginar que un espacio tan reducido haya sido capaz de concentrar tantas historias distintas. Pocas islas han cambiado tantas veces de significado sin moverse un solo metro.
Durante la Edad Media, estuvo vinculada a distintas comunidades religiosas y llegó a albergar un monasterio. Siglos después, su posición en la ría hizo que adquiriese una función muy diferente. En 1838 se inauguró allí un lazareto marítimo destinado a la cuarentena y al aislamiento de enfermos infecciosos, así como al control sanitario de pasajeros y tripulaciones procedentes del exterior. El lazareto permaneció activo hasta su cierre definitivo en 1927. Más tarde, volvería a cambiar de significado. En octubre de 1936, San Simón se convirtió en una cárcel de presos políticos y funcionó como colonia penitenciaria hasta 1943. Por sus instalaciones pasaron más de 6.000 personas en distintos períodos, en uno de los episodios más oscuros de la historia de la isla. La isla que hoy contemplamos desde la ría como un lugar tranquilo fue, durante aquellos años, un espacio de represión y sufrimiento. Quizá por eso resulta tan significativa la mirada que propone Miguel Ángel Delgado en San Simón. Frente a la tentación de explicar, dramatizar o incluso interpretar lo ocurrido, el director opta por hacer casi lo contrario. La película se detiene en la isla, en sus espacios vacíos, en sus silencios. No intenta poner palabras en boca de quienes sufrieron ni reconstruir por ellos aquello que no podemos conocer del todo.
Algunos lugares no necesitan que les añadamos más palabras. Precisamente, lo difícil no reside en encontrar una explicación para ellos, sino aprender a escuchar el silencio que todavía conservan. Pero, ¿qué significa realmente comprender el dolor de un lugar que no hemos vivido? ¿Es acaso eso posible?
En Hiroshima mon amour, Resnais cuestiona que mirar una tragedia, conocer su historia o contemplar sus huellas pueda acercarnos hasta borrar la distancia entre conocer y vivir, entre mirar y ser. “Tú no has visto nada en Hiroshima”, dice él. Ella responde que ha visto el hospital. Ha visto el museo. Ha visto las fotografías, las calles, la piel quemada. “Yo lo he visto todo en Hiroshima”. Él insiste: “Tú no has visto nada en Hiroshima”. No está negando aquello que sus ojos han contemplado, sino recordándole que hay experiencias cuya distancia no puede salvarse únicamente mirando. Tú no has visto nada en la ría. Yo lo he visto todo. Tú no has visto nada en la isla. Tal vez esa sea una de las dificultades de la memoria; acercarnos a aquello que no vivimos sin confundir nuestra mirada con la experiencia de quienes sí estuvieron allí. Podemos conocer los hechos, recorrer los lugares, escuchar los testimonios y contemplar sus huellas. Podemos intentar imaginar el miedo, el hambre o la pérdida. Pero imaginar no es recordar, del mismo modo que mirar no es haber estado allí. Y, sin embargo, necesitamos mirar. Necesitamos acercarnos a esos lugares, volver a ellos, preguntar qué ocurrió y encontrar formas de contarlo. La distancia no desaparece, pero quizá recordar consista precisamente en reconocer que existe. Quienes contemplamos hoy la isla conocemos su historia desde fuera. No estuvimos encadenados, no sentimos aquel hambre, no vivimos el miedo de quienes fueron encerrados allí. Solo podemos acercarnos a través de los testimonios, los documentos, las imágenes y las huellas que permanecen. ¿Puede una tragedia colectiva entrar realmente en la experiencia íntima de una persona? Puede que sí. El dolor de quienes estuvieron allí puede no pertenecernos, pero eso no significa que no pueda atravesarnos. Una historia ajena puede despertar un recuerdo propio; el dolor de otros puede llevarnos hasta alguien que perdimos, hasta nuestra familia, hasta un miedo que creíamos olvidado. No porque hagamos nuestro aquello que ocurrió, sino porque nuestra memoria encuentra en ello algo que reconoce.
Por eso, un mismo lugar puede significar cosas tan distintas para quienes lo contemplan. Una persona puede sentir tristeza; otra, rabia; otra, silencio; otra, curiosidad. Alguien puede pensar en los muertos y otra persona en quienes sobrevivieron. Incluso puede haber quien encuentre belleza donde otro solo sea capaz de ver sufrimiento. Ninguna de esas miradas consigue contener por sí sola todo lo que un lugar significa. Una memoria puede despertar otra sin convertirse en ella. Pero si cada uno llega a un lugar con su propia memoria, ¿existe una única manera correcta de recordar un lugar? Hay palabras que creemos compartir porque utilizamos las mismas letras para pronunciarlas, pero que esconden significados distintos dependiendo de quién las diga. No basta con comprender el significado lógico de una palabra. Cada persona llega a ella acompañada de su propia historia, de sus recuerdos y de aquello que ha aprendido a asociar con ella.
Pensemos, por ejemplo, en el silencio. SILENCIO:
1. El silencio es algo casi antinatural en nuestro día a día. Es difícil encontrarlo. Por eso, cuando creía hallarlo, trataba de conservarlo a toda costa.
Los gritos. Las palabras que atravesaban su cabeza. Los coches. Las clases. Las responsabilidades. Incluso sus propias preguntas. Todo parecía decirle constantemente lo que debía hacer, lo que debía pensar, quién debía ser. Y él solo quería que, por una vez, todo aquello se callase. Cuando nadie le gritaba desde dentro que debía correr, responder, llegar, hacer, decidir, un sentimiento de paz inmediato lo invadía. A veces iba al cementerio de su ciudad porque allí el silencio parecía más profundo que en cualquier otro lugar. Le gustaba caminar entre las lápidas y pensar que estaba cerca de quienes ya no estaban. Frente a la tumba de alguien a quien había querido con toda su alma, imaginaba que, si guardaba el suficiente silencio, quizá algo pudiera atravesar la tierra. Quizá pudiera salir a su encuentro, darle la mano y acompañarlo un rato. Para él, el silencio era algo especial. Era una forma de acercarse.
2. El silencio es algo casi antinatural en nuestro día a día. Pero para él no tenía nada de especial. Lo conocía demasiado bien. No era descanso, sino una advertencia.
Había aprendido a reconocerlo después de las explosiones. Primero llegaba el estruendo, tan grande que parecía ocuparlo todo. Después, durante unos segundos, nada. Un silencio extraño, espeso, casi imposible de entender. Entonces buscaba voces. Cualquier voz. La de su madre. La de sus hermanos. La de un vecino. La de cualquiera que pudiera demostrarle que todavía había alguien allí. Con el tiempo descubrió que también había silencios dentro de las casas. Habitaciones que antes estaban llenas de conversaciones y que ahora permanecían vacías. Sillas que nadie volvía a ocupar. El silencio de quienes ya no iban a regresar. Por eso no le gustaban los cementerios. No encontraba allí la paz que otros parecían buscar. Solo veía tierra, piedra y cuerpos inmóviles. Frente a una tumba no quería callarse. Quería hablar. Contarle cómo había sido su día. Qué había visto. Qué había aprendido. Quería seguir llenando la vida de aquella persona con historias, con risas, con música, con los sonidos pequeños y maravillosos que todavía existían alrededor.
Para él, el silencio era aterrador. Era una forma de perderlos otra vez.
La palabra es la misma. Pero no significa lo mismo.
Respeto.
¿silencio o vida? Memoria.
¿conservar o impedir?
Homenaje.
¿detenerse o devolver?
Quizá ni siquiera hablamos de lo mismo cuando utilizamos las mismas palabras. Entonces, ¿quién decide cuál de esas definiciones es la correcta? ¿Qué derecho tenemos a decidir por quien ya no está cómo quiere ser recordado, si prefiere silencio o armonías, o a imponerle nuestra propia entrada del diccionario? No podemos experimentar exactamente el dolor del otro ni estar seguros de que nuestras palabras significan para él lo mismo que para nosotros. Por eso, aunque no exista una única forma correcta de recordar, sí existe una responsabilidad en la manera en que elegimos hacerlo.
San Simón puede ser hermosa y terrible. Puede ser un lugar de memoria y un lugar de encuentro. Puede despertar dolor en alguien y serenidad en otra persona. Y ninguna de esas cosas consigue agotarla. El problema no es decidir cuál de esas miradas es la correcta, sino aceptar que ninguna puede abarcar por completo todo lo que la isla ha sido. No es únicamente la isla que fue prisión, del mismo modo que tampoco es únicamente la isla que hoy vemos desde la ría. Es ambas cosas. El peso de lo ocurrido no desaparece porque sobre él vuelva a crecer la hierba, porque alguien toque una canción o porque el agua vuelva a reflejar el cielo. Pero tampoco la belleza del presente tiene por qué ser una traición al pasado. Miramos un lugar. Intentamos comprenderlo. Le ponemos palabras. Y descubrimos que ninguna mirada ni ninguna palabra puede contener por completo todo lo que ocurrió allí. Tal vez debamos aprender a sostener esas dos cosas a la vez: el peso de lo que ocurrió y la levedad de lo que todavía puede ocurrir allí. Recordar no debería limitarse a mirar atrás y ver el dolor, ni necesariamente a condenar un lugar a permanecer para siempre en el momento más oscuro de su historia. También puede consistir llenar esos lugares de vida nuevamente, para que la memoria permanezca mientras se permite que la esperanza exista junto a ella. ¿Por qué devolverle vida a un lugar que sufrió tanto tendría que significar olvidar a quienes sufrieron en él?
Los nuevos sonidos no borran lo ocurrido. Ningún sonido podría. Pero lo acompañan con cuidado. No se trata de decir que el pasado ya no importa; todo lo contrario. Precisamente porque importa, podemos seguir viviendo. Debemos aprender a mirar la belleza sin olvidar el horror, y acercarnos al dolor sin creer que podemos hacerlo completamente nuestro. Al fin y al cabo, el agua sigue moviéndose. La hierba vuelve a crecer. Y, desde la orilla, San Simón sigue pareciendo tranquila. Solo que ahora sabemos que la tranquilidad también puede tener peso.