La palabra tatuaje tiene su origen en el término tahitiano tatau, relacionado con la acción de marcar o golpear la piel. En las culturas polinesias, esta práctica cuenta con siglos de historia y está profundamente ligada a la identidad, la espiritualidad y la posición social

Por Daniela Tojo
El cuerpo se ha convertido en un nuevo campo de batalla cultural. Mientras unos lo conciben como un lienzo sobre el que plasmar su identidad, otros lo defienden como un templo sagrado que no debería modificarse. En pleno siglo XXI, cuando debatimos constantemente sobre política, feminismo, redes sociales o salud mental, seguimos esquivando una cuestión tan cotidiana como inevitable: ¿son los tatuajes una forma de expresión personal o una moda que nos marcará de por vida?
Como persona tatuada, este debate cultural me viene como anillo al dedo. Mis conocidos más cercanos probablemente ya conozcan mi respuesta e incluso pensarán: «Daniela, ¿para qué opinas sobre esto si, si por ti fuera, tendrías el cuerpo entero tatuado?».
Y, en parte, no les falta razón. Soy una apasionada de los tatuajes y encuentro arte en cada uno de ellos. A menudo, mientras camino por la calle, no puedo evitar detener la mirada en aquellos que llaman mi atención, ya sea por su diseño, su técnica o la historia que parecen esconder.
Supe que quería tatuarme desde que vi la espalda de Angelina Jolie. Aquellos tatuajes, sobre una mujer que ya me parecía hermosa, proyectaban una imagen de fortaleza, seguridad y personalidad. Una imagen de mujer entera, que no necesitaba encajar en los cánones establecidos. Precisamente, esa es una de las sensaciones que, a lo largo de mi corta vida, he querido transmitir a través de mis propios tatuajes.
La palabra tatuaje tiene su origen en el término tahitiano tatau, relacionado con la acción de marcar o golpear la piel. En las culturas polinesias, esta práctica cuenta con siglos de historia y está profundamente ligada a la identidad, la espiritualidad y la posición social. Para algunas de estas comunidades, los tatuajes representan símbolos de fuerza, coraje y conexión con lo divino, convirtiéndose en una parte fundamental de la identidad de quienes los portan.
Sin embargo, la llegada de los colonizadores cristianos a las islas del Pacífico supuso un punto de inflexión. En numerosos territorios, las prácticas tradicionales del tatuaje fueron perseguidas y prohibidas durante largos periodos, aunque continuaron realizándose de manera clandestina. Con el paso del tiempo, el tatuaje fue extendiéndose hacia Occidente, donde adquirió nuevos significados y comenzó a asociarse, entre otros colectivos, con marineros, presidiarios y organizaciones criminales. En algunos de estos entornos, los tatuajes se convirtieron en una forma de identificación, pertenencia y representación de las experiencias vividas.
Aunque para muchas personas este tipo de arte se asocia con la «chonización», como he llegado a escuchar en más de una ocasión, la psicología ofrece una perspectiva diferente. Desde esta disciplina, los tatuajes pueden entenderse como una herramienta de expresión de la identidad, una forma de comunicación emocional y una manera de construir nuestra propia narrativa corporal, sin que necesariamente exista una intención de rebeldía detrás de ellos. En otras palabras, te tatúas porque lo sientes, porque quieres conservar un recuerdo, porque representa una etapa de tu vida o, sencillamente, porque te gusta. Y ya está. Quizá ha llegado el momento de dejar de repetir que todas las personas tatuadas terminan arrepintiéndose de aquello que, en su día, eligieron con tanto esmero para llevarlo en su piel y dejar que envejeciera con ellas.
Es cierto que el arrepentimiento existe. Según el Pew Research Center, aproximadamente uno de cada cuatro adultos tatuados se arrepiente de al menos uno de sus tatuajes. Entre los motivos que pueden explicar este sentimiento se encuentran la edad a la que se realizó el tatuaje o los cambios que experimentamos a lo largo de nuestra vida. Sin embargo, arrepentirse de un tatuaje no significa arrepentirse de todos ellos, ni mucho menos renegar de la decisión de haberse tatuado. Puede que sea el nombre de tu expareja, aquella mariposa que te hiciste con 18 años o un diseño que, sencillamente, ya no encaja contigo.
Al fin y al cabo, ¿acaso equivocarse es un pecado? Creo que no. Y, si somos capaces de aceptar que nuestra forma de pensar, nuestros gustos y nuestra personalidad evolucionan con el tiempo, ¿por qué no aceptar que también lo hagan los dibujos que llevamos en la piel?
La figura del tatuador se asemeja a la de un artesano, cuyas creaciones únicas, junto con su formación artística y su dominio técnico, merecen un reconocimiento tanto cultural como profesional. El manejo del diseño, la precisión y el conocimiento de una técnica tan especializada sobre un lienzo tan singular como es la piel son motivos más que suficientes para reivindicar su valor. Cada tatuador aporta su propio granito de arena a una disciplina artística que, durante mucho tiempo, ha estado injustamente vinculada a lo marginal y lo barriobajero.
Detrás de cada tatuaje hay creatividad, dedicación y un estilo propio que diferencia a unos artistas de otros. Algunos apuestan por el realismo, otros por el trazo fino, el blackwork o los diseños tradicionales. Cada uno desarrolla una identidad artística que puede llegar a convertirse en su sello personal y que permite a quienes acuden a ellos encontrar una forma de expresión acorde con sus propios gustos. Llegados a este punto, surge otro debate: ¿tatuar es un oficio o es un arte?
Yo lo tengo bastante claro. Cuando hablamos de alguien que combina rigor técnico, conocimientos de higiene, precisión milimétrica y sensibilidad artística, estamos hablando de mucho más que de una persona que sabe utilizar una máquina de tatuar. Estamos ante alguien capaz de transformar una idea en una creación permanente sobre la piel.
Me gustaría dejar de escuchar que estoy cometiendo un error cada vez que decido tatuarme, que me veo «sucia» o que soy demasiado joven para saber la «mierda» que estoy metiendo en mi piel. Señoras y señores, vivo en un país que se define como una democracia y, mientras mis decisiones no perjudiquen a nadie, tengo derecho a hacer y deshacer con mi cuerpo lo que me dé la gana.
Y no, no me arrepiento de ninguno de los tatuajes que llevo ni siento que tenga por qué hacerlo en un futuro. Porque la Daniela de antes es la que ha construido a la Daniela de ahora, y es precisamente esta última la que está dando forma a la mujer que seré mañana. Cada tatuaje, cada decisión y cada etapa forman parte de una historia que es exclusivamente mía. ¿Por qué iba a avergonzarme de aquello que también me ha ayudado a ser quién soy? Nuestra piel no es un error que tengamos que corregir con el paso del tiempo, sino un lienzo que cuenta nuestra propia historia. Y, si algún día cambiamos de opinión, también será una decisión que nos pertenecerá únicamente a nosotros.