El problema más grande que nos lleva a esta saturación extrema es la desconexión total de los creadores de contenido con la realidad económica y social

Por Ana Guillán
Ay… El final del verano… ¿Duele verdad? Mientras de fondo suena Kiss me hard before you go… volvemos a la cruda realidad de la rutina. Summertime sadness, amigos.
Aunque he de decir que este SS26 -que ha sonado más a Charlie que a Lana- quizás hemos acabado un poquito más hartos de lo normal, ¿no? No solamente por los 40 grados de calor que hacen que la calle parezca el mismísimo infierno, que también, sino más bien por una especie de saturación mental. Lujo, barcos, playas, viajes a 50 sitios diferentes, outfit check para la piscina, otro para el cóctel, otro para Ushuaia… Todo el mundo parecía más moreno este año ¿o es cosa mía? Pero bueno, quitando eso, sí por lo menos la gente mantuviera la boca cerrada posiblemente hoy estaría hablando cualquier otra cosa más amena y divertida. Lamentablemente he tenido que escuchar a ciertas personas quejándose de que este año sólo han tenido “un mes de vacaciones” y que, si tu padre es camarero y solo tiene dos semanas, que se joda, que “haber estudiao”.
Después de estar comiéndote toda esta basura durante estos últimos meses, es imposible no sentir esa especie de mezcla entre enfado, tristeza y frustración por no poder estar ni cerca de vivir un verano ni parecido al de estas personas, probablemente en ningún momento de tu vida, y encima tener que escuchar semejantes perlas. Justo ahí, mientras estás intentando asimilar que esas merecidas y sufridas dos semanas de vacaciones se han esfumado, abres Instagram y te encuentras al influencer de turno haciendo un haul de básicos de oficina por valor de 800€, sermoneando que la clave para un «septiembre exitoso» es levantarse a las 5:00 AM para poder hacer todas tus obligaciones antes de las 8:00 AM y luego pasar el resto de la mañana meditando frente a un café de especialidad con vistas a Malasaña. Bffffffffff. Alguien intentando venderte productividad de esa manera y en plena ola de calor sólo puede generar rechazo.
Y eso que yo siempre empiezo septiembre con cierta ilusión, como buena amante del otoño que soy; es la época de ver comedias románticas neoyorkinas, sacar tus boinas del armario, tragarte todos los desfiles de la fashion week, o ponerte en modo witchy bitch a ritmo de Stevie Nicks anticipando ya el ambiente de Halloween. Lo sé, lo sé, todo clichés… Qué puedo decir, I’m just a girl.
Pero, por otro lado, para muchos de nosotros es también, el verdadero comienzo del año así que lo pillas motivada y piensas en dejar de fumar, a lo mejor apuntarte al gimnasio, hacer limpieza de armario, volver a reencontrarte uno por uno con los amigos que estaban en sus casas para poneros al día… Y todas esas cosas que parecían grandes metas que cumplir y que hasta te apetecían de verdad, de repente se quedan en nada cuando te salta ese video de una chica monísima y delgadísima que en una mañana hace 50 cosas, va a la ofi como si fuera a desfilar en Milán y todavía tiene la tarde libre para preocuparse por su rutina capilar mientras se toma un té. ¿Cómo te quedas tú, que estás completamente agotada y deprimida solamente con pensar en la primera semana de trabajo? Tiesa, cariño; al final es normal que de lo único que te entren ganas sea de encenderte un piti. Sinceramente, no te culpo.
Y es que, la realidad en la calle es muy distinta: lo único que tenemos es una buena resaca veraniega y cero ganas de cumplir cosas imposibles. La gente está completamente harta. Entre los viajes patrocinados que parecen catálogos de Iberia, las polémicas constantes y esa tremenda necesidad de monetizar hasta el último segundo de descanso, el público está llegando a su límite. Estamos realmente muy cansados. A la gente, en líneas generales, le gusta la autenticidad. De eso trataba internet al principio: alguien, que podrías ser tú perfectamente, le hablaba a una cámara en su habitación, editaba sus vídeos, los compartía y te hacía sentir identificada en cierto modo con su tipo de vida, sus gustos o su personalidad. Te podían hacer reír, te recomendaban una serie, o te enseñaban ideas de cómo combinar las prendas de su armario y eran todos armarios de Ikea, nada de vestidores. A veces te tirabas horas en Twitter solamente leyendo las ocurrencias de la gente (tan ingeniosa y sarcástica) y, es más, incluso era tu forma de enterarte de lo que pasaba en el mundo. No sé, pero desde luego había mucho menos contenido “vacío”.
Y luego está que nos hemos acostumbrado a consumir a gente que está ahí porque simplemente es guapa. Porque, en realidad, si me gusta ver contenido sobre baile y coreografías, ¿no tiene más sentido seguir las redes de personas que bailen de forma profesional? O al menos que se les dé super bien. Deberíamos preguntarnos más a menudo, qué es lo que de verdad nos interesa de la vida de gente que no conocemos… ¿Quién eres? ¿Te admiro por algo? Eres actriz, artista, escritora, cantante, modelo… ¿Qué me aportas? Si ni siquiera me río con tu contenido, entonces ¿por qué te sigo?
Sin embargo, mi conclusión después de escuchar mucho sobre este tema es que el problema más grande que nos lleva a esta saturación ya casi extrema es la desconexión total con la realidad económica y social. Este año esa diferencia se ha notado más que nunca. Mientras media España se las ingenia para pagar el alquiler o empalma turnos de hostelería y comercio con jornadas a veces de más de 40 horas, la «fatiga» de los creadores es que su viaje a Bali se ha retrasado y tienen que grabar muchísimo contenido (en un hotel de cinco estrellas). ¿Conciencia de clase? Cero. Vivimos en un país con sueldos ajustados, contratos precarios y una vuelta a la rutina que implica madrugar en metro o autobús, en la cual no suele estar incluida una mañana de martes en la que tus tareas son:
- Ir al gym a las 10:00 h
- Hacerte las uñas a las 11:00 h
- Estrenar tu nueva agenda de lujo mientras respondes emails, a ver si esta vez te pagan 10.000 € en vez de 5.000 € por tres vídeos y dos fotos.
Y digo de lujo porque sí, últimamente todo es un lujo y eso hace que nuestras vidas sean cada vez más desiguales. Al otro lado estamos los que tenemos que pensar cuando vamos al super si comprar o no los aguacates porque son un capricho, ¿a esa gente le vas a recomendar cosméticos que rondan los 200€ de precio? En fin, creo que todo esto solamente hace que la gente se sienta aún más miserable y fracasada. Nadie dice que tengamos que vivir todos igual, pero sería genial sentir que ese abismo se tiene en cuenta. En especial a la hora de hablar y expresarte hacia un público tan amplio que, desde luego, no necesita consejos de vida de alguien que no sabe lo que es fichar a las ocho de la mañana o que cree que un eclipse solar es un truco del gobierno para controlarnos de alguna forma.
Por eso desde aquí hago una llamada a pasar de la «vuelta a la rutina perfecta» y reivindico el derecho a empezar septiembre con pereza, a no tener ningún propósito super revolucionario. La auténtica resistencia para combatir este mes es aferrarnos a nuestra cultura de barrio: ir al mercado, tomar unas cervezas con amigos en un sitio cutre, criticar a tu jefe en el descanso del trabajo, organizar la playlist que te acompaña de vuelta a casa y refugiarte en nuestro querido y tan necesario mundo audiovisual, donde la gente común paga facturas (acabo de terminar Breaking Bad por primera vez y es perfecta).
Reivindico consumir internet y redes sociales con un filtro un poco más crítico para con nosotros mismos. O simplemente, al menos, cerrar Tiktok un rato, leer un libro y aprender algo nuevo.
Para cerrar ya esta pequeña reflexión, me gustaría aclarar que no soy para nada partidaria del hate en redes sociales —existe un botón que dice “dejar de seguir”—, así que no quería irme sin antes deciros que existen muchísimos creadores de contenido que a mí personalmente sí me aportan algo, cada uno a su manera, independientemente del dinero que ganen o el tipo de vida que tengan. Muchos de ellos sí se merecen estar dónde están. De hecho, si necesitáis inspiración real o queréis fichar nuevas cuentas que de verdad valgan la pena, solo tenéis que preguntarme. Por lo demás, espero que este mes, al menos, consigáis dejar de fumar (o no morir en el intento).