¿Ya no es guay tener personalidad propia?

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Internet siempre ha sido una herramienta increíble para inspirarnos y buscar nuestra propia identidad. Sin embargo, ¿dónde quedó ese punto entre tanta tendencia aesthetic que caduca a los 15 días?

Foto: Ana Guillán

Por Ana Guillán

Desde que supe que tendría la oportunidad de sentarme aquí a escribir sobre las cosas que más me gustan -moda, cine, música o cultura pop en general- le he estado dando vueltas a cuál sería el tema perfecto para empezar. Y es que, después de tardes debatiendo con amigas entre cafés, viendo vídeos en redes y buscando ideas nuevas… en realidad lo tenía claro. La gran pregunta es: ¿Por qué de repente todos parecemos iguales? A día de hoy, es prácticamente imposible que un niño o una niña no sepa cómo vestirse mínimamente para encajar en un molde, en esa obsesión por las aesthetics del mundo digital.

Por si hay alguien que no está familiarizado con el término, se trata de una especie de conjunto de características visuales y estilísticas que eliges para representar tu identidad, desde la ropa que llevas, hasta cómo decoras tu casa o incluso en la forma de editar tus fotos para Instagram. En resumen: algo que es “visualmente estético”. Pero, ¿qué pasa cuando, lejos de inspirarte, lo que te mueve es simplemente una obsesión por encajar en ese molde? Por sentir que tienes que ser de una forma determinada y que, si no lo eres, no eres suficiente.

Si quieres ser una pilates girl tienes que llevar un uniforme rosa pastel a tus clases y por supuesto tu botella Stanley a juego. Si quieres ser old money tira todo tu armario y empieza a comprar todo en tonos beige y arena. Si quieres ser una clean girl, el pelo siempre recogido, tirante hasta que se te rompa, ni se te ocurra maquillarte como una puerta -siempre natural- y ¡¡¡NI DE BROMA salgas a la calle sin un matcha!!! Y así podría seguir con el estilo mob wife, la estética coquette, rock girlfriend, dark academia… Lo que me lleva a pensar que sufrimos una crisis de identidad colectiva y que cada vez cuesta más entender quiénes somos o quiénes queremos ser realmente. Y de eso he venido a hablar hoy.

“Cómo vestirte igual que [introduce a la celebrity del momento]”, “5 tips para ser una clean girl aesthetic”, “Fashion trends que deberías tener en tu armario”… Supongo que si pasáis como mínimo un par de horas al día en Instagram, Tiktok o Youtube todo esto os suena de algo. Como máxima defensora de buscar inspiración en redes -confieso que soy adicta a Pinterest-, he de decir que ver este tipo de contenido nunca me había parecido raro; de hecho, lo consideraba algo divertido. Pero últimamente siento que hemos perdido la capacidad de explorar con la moda, de jugar, de aprender que ciertas tendencias, en realidad, no van con nosotros, y de ir construyendo un estilo propio poco a poco.

Sé que hay veces que seguramente ves tus fotos de adolescente y quieres enterrarlas en lo más profundo de la papelera de reciclaje de Windows pero eso, precisamente eso, era lo interesante: el ensayo y error. Tener infancia, crecer, madurar. Y evolucionar también estilísticamente. No es que antes tuviéramos mal gusto (bueno, a veces sí), simplemente tratábamos de descubrir por nuestra cuenta lo que encajaba con nosotros. A veces rebuscando en el armario de tu madre, en el de tus amigas, hojeando una revista o buceando por Tumblr, que era lo más en ese momento —al menos para mí—. Siento que eso hoy ya no existe.

Aparte de todo esto, creo que las subculturas estéticas que han existido a lo largo de los años no nacían de la nada: se formaban con una profundidad real y un deseo genuino de disconformidad o expresión. Los punks, los rastas, los hippies… Todos ellos se definían a través de un manifiesto político, social y cultural. La música que escuchaban o la ropa que llevaban no era un simple disfraz de fin de semana, sino una extensión de sus creencias. Eso no solo creaba lazos de identidad y amistad con la gente a la que le gustaba lo mismo que a ti, sino que funcionaba como un código visual hacia el resto del mundo. Sé que suena un poco intenso, pero la moda era política, era arte y era personal. Hoy, en cambio, hemos vaciado de significado la estética, reduciendo todo esto a simples tendencias de redes sociales que caducan en dos semanas.

Y no me malinterpretéis, siempre voy a defender que hay que beber de muchas fuentes; en la diversidad está la riqueza. Te puede gustar un día ser Stevie Nicks y al día siguiente Kendall Jenner porque es tu mood del día; o simple y llanamente porque eso es lo que te apetece ponerte hoy y lo que te pide el cuerpo. Y punto. Ser ecléctica mola. Lo que quiero decir es que el problema no es cambiar de estilo; el problema es no tener ninguno y vestir por pura inercia dictada por influencers.

De hecho, me pregunto de verdad si en los institutos de hoy todavía puedes elegir entre ligar con el skater, el choni o el heavy, o si simplemente tienes que elegir entre un mar de clones con sudaderas de Nude Project. Pobrecitos, encima cuando van a la tienda física tienen que esperar una cola de dos años, literalmente.

Con todo esto sobre la mesa, creo que la verdadera pregunta que deberíamos hacernos es: seguir y copiar lo que dictan los demás solo porque es cool, ¿realmente te llena?, ¿te hace sentir pleno? ¿De verdad es necesario comprar ropa cada quince días solo para encajar en la microtendencia de la semana? Y a todo esto… ¿Qué pasa cuando, simplemente, no puedes subirte a ese carro? ¿Qué pasa cuando no hay dinero suficiente en tu cuenta -o en la de tus padres-, cuando tu piel no es lo suficientemente brillante o cuando tu cuerpo no encaja en el canon? En fin…

Pues lo peor de todo es que, encima, nada de esto es nuevo. La moda es circular: se repite, se recicla y bebe constantemente de estéticas que llevan años existiendo. Sin embargo, antes el proceso tenía un matiz diferente: lo que buscabas era expresar tu personalidad a través de las prendas. Tu forma de vestir era tu carta de presentación al mundo y no una simple plantilla aspiracional a la que te apuntabas para subir la foto a redes y demostrarle a tus seguidores que sí, que tú también eres una clean girl.

Fijaos, si no, en Sexo en Nueva York (y si, voy a hacer constantes referencias a esta serie de aquí en adelante porque para mi lo es TODO). ¿Por qué su vestuario sigue siendo icónico décadas después? No es solo porque hubiera prendas maravillosas de marcas increíbles mezcladas con tesoros vintage —que también—, sino porque el trabajo de la gran estilista Patricia Field se basaba en contar quién era cada una de las protagonistas a través de lo que llevaban puesto. El estilo estaba al servicio de la identidad y, lo más importante, todas eran muy diferentes y todas molaban igual. Por eso mismo todas podemos identificarnos con alguno de los personajes, o decidir que hoy te sientes más Carrie que Miranda y cambiar el traje oversize por una faldita, un top y unos buenos tacones.

En definitiva, creo que el único propósito de esta chapa estilística es llegar a una conclusión muy simple: seguir las reglas a rajatabla nunca ha sido guay. Está genial inspirarse en Pinterest, en TikTok y comprarnos una tendencia si nos apetece; todas lo hacemos. Pero el verdadero confort de salir a la calle con la camiseta desgastada de tu grupo favorito o de colgar un póster de tu peli preferida en una casa llena de muebles blancos minimalistas… eso no tiene precio. La moda está para experimentar y divertirse, no para seguir un manual de Instrucciones. Hay que explorar, probar, robarle la Levi’s a tu padre, la falda de flores a tu madre y plantarte unas Converse rotas con un clean look. Quizás el truco esté en empezar a mirar un poco menos las pantallas y un poco más hacia fuera. Nos hemos vuelto tan egocéntricos con la estética que, a veces, parece que vamos a un festival de música sólo para ser el personaje principal de nuestros propios vídeos. ¿Dónde han quedado los amigos, la música de fondo y los cubatas derramados? Al final, la gente ya nos ve la cara demasiadas veces al día en stories.

Si te gusta el yoga o ser una pilates girl, adelante, que sea porque te llena de verdad y no porque necesites el mismo termo de dos litros que el resto del mundo para validar tu existencia. Porque tener personalidad, a veces, también implica ir contracorriente. Ah, y recordad: se puede ir a pilates por la mañana vestida de rosa pastel, y fumarse un piti con un Gin & Tonic mientras suena Oasis por la noche. Prometido que nadie os va a quitar el carnet de autenticidad por eso.

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