Hablamos con Zahara sobre su incursión en el mundo de la electrónica con ZAHARAVE, un espectáculo techno enriquecido por un arraigado componente escenográfico

La configuración de la identidad individual debe coexistir con una serie de factores externos que no siempre comulgan con nuestra predisposición natural. Los cánones estéticos, la cultura de la replicación o la búsqueda impaciente del éxito, males casi patológicos instaurados por las redes sociales, aproximan peligrosamente al individuo hacia la uniformidad social, hacia una condición mimética con el entorno que contradice el espíritu interno. Ante esta amenaza permanente, intensificada por las premisas contemporáneas, la conciencia de quiénes somos debe prevalecer para no caer en la complacencia de la homogeneización. Desde Cool Coruña, hemos tenido la oportunidad de entrevistar a Zahara, cantante y compositora de gran trayectoria nacional que presenta en el festival Atlantic Pride ZAHARAVE, una incursión sonora y escenográfica por la libertad corporal y de ser que habita en el universo techno.
P: ¿Quién es Zahara? ¿Cómo te definirías como artista?
R: Pues mira, algo que me ha definido toda mi vida es la curiosidad, y es por eso por lo que mi propia identidad siempre ha estado en construcción, en búsqueda de sonidos con los que me identificase, he podido ser cantautora, indie, rockera, hice metal durante un tiempo, aprendí jazz…Siempre he intentado aprender de muchos géneros, llevarme de cada uno lo que más me pudiese servir para enriquecer mi expresión artística. Por eso hago ahora electrónica, porque he encontrado un lugar en el que expresarme, en donde puedo ser yo y disfrutar, que es lo que realmente me gusta. Así que, si algo soy es eso, una descubridora del sonido, la música y las emociones.
P: El 11 de julio traes al festival Atlantic Pride tu nuevo espectáculo ZAHARAVE, un espectáculo tecnho con una escenografía elaborada e impactante, fraguado en la intención de ofrecer una experiencia reivindicativa sobre la libertad de ser. ¿Estamos ante la etapa más importante para manifestar la necesidad de ser quienes somos o quienes queremos ser?
R: Estamos en un momento maravilloso para reivindicar esa diversidad. Estamos homogeneizándonos de una forma peligrosa, creando una identidad en la posición de no molestar, cuando lo que no debería molestar nunca es la identidad de nadie. Mi música siempre ha tenido ese trasfondo de exposición de aquellas cuestiones que me generan un conflicto o incomodidad, y compartirlas con los demás. En mi caso, este show es muy político, busca poner de relieve el quiénes somos, lo que ha costado llegar a esto, lo vulnerables que son nuestros derechos como mujeres, como parte del colectivo LGTBIQ+, como personas que se cuestionan su masculinidad o la presión con la que han tenido que vivir para encajar… Aprovecho mi música para plantear eso desde la libertad, es un show potente y enérgico en el que puedes estar en el goce, y observar cómo nos movemos en el escenario puedes concebirlo como una inspiración, puede darte una oportunidad de sentirte parte del espectáculo. Además, en el transcurso del concierto se van sucediendo una serie de reflexiones, tanto por las letras por lo que sucede en la pantalla y en la propia representación escénica, que van más allá de mi experiencia personal.
P: Te has consolidado como una compositora que se rige por la finalidad última del arte, y el propósito de un artista radica en la evolución. ¿Qué rasgos característicos comparten el techno y la reinvidicación identitaria? ¿Reside en la expresión corporal? ¿En dónde te diste cuenta de que el techno sería tu próxima manifestación artística?
R: Qué bonita tu pregunta. Me sucedió bailando en una sesión de electrónica de Berlín, hace unos seis años. Me sentía libre entre personas que no conocía, sin cuestionarme nada, sin reprimirme, sin sentirme vigilada, sin nadie que estuviese invadiendo mi espacio, y lo que sentía bailando es que el tiempo no existía, las jerarquías no existían. Da igual quien fuera yo o quien fuese la persona que estuviese bailando a mi lado, no importaba su clase, su género, su edad… Sentía que podía expresarme, que los demás también, que podían bailar, quitarse la ropa, y que no iba a haber un registro de eso. Entonces, me pregunté si podía trasladar esta sensación tan maravillosa a mis conciertos, a algo más grande. A raíz de vivirlo en el cuerpo, estaba en el tiempo presente, conectada conmigo misma, con mi respiración, con mi cuerpo, y, a través de eso, fui consciente de la existencia de un espacio único, un espacio liminal en el que podía ser todo lo que quisiera. A partir de ahí, empecé a teorizar e investigar al respecto, a profundizar en sus orígenes en la escena tecnho de Detroit, de cómo nace en los grupos más marginales, cómo buscan evadirse de la presión diaria y cómo puede conectar personas que no tienen ninguna afinidad aparente.
P: Vivimos en una época en la que la cultura del concierto ha tomado un enfoque diferente, y encontrarse con un espectáculo que presente una escenografía tan impactante resulta inusual en la industria contemporánea. ¿De dónde viene esa intención escenográfica, el propósito de cuidar la representación escénica del universo sonoro?
R: Yo soy mi propia directiva creativa desde hace mucho tiempo. Pienso que un concierto es una expresión musical a nivel sonoro y visual, cuando estás abajo no solo estás escuchando, sino que miras hacia el escenario también. De hecho, es muy curioso como en una sesión de DJ, la gente no baila de cara al DJ, siempre hay una dirección, siempre miramos hacia donde viene el sonido o hacia quien lo está produciendo. Entonces, me parece que ese momento es una oportunidad para mí para hacer que las canciones cuenten algo más. Por esa razón somos seis bailarinas, cinco mujeres y un hombre, y estamos tocando, bailando, expresándonos… Todo lo que pasa cuenta una historia, no solo canto canciones, sino que narro una historia, intento provocar una sensación diferente entre el inicio del concierto y el final, gracias a una concatenación de elementos que van sucediéndose en la diégesis del directo. Que sea algo narrativo me parece muy importante, no solo por los elementos físicos, sino por lo que está sucediendo a nivel estético. Por ejemplo, las imágenes que utilizamos son vídeos analógicos que se graban, se deforman, se procesan por un sistema híbrido digital, y luego vuelve a modificarse analógicamente. Todo lo que tratamos de transmitir en el escenario procuramos que sea una metáfora de sí misma, en donde cada parte integral se retroalimenta. Además, me parece una oportunidad para que una persona que no sabe nada de mi música, cuando esté viéndome pueda conectar no solo con la música, sino con lo que hay en la pantalla, con el baile, con lo que está sucediendo con los músicos, y eso es lo que me gusta, que al principio puedes conectar con una cosa y acabas conectando con lo otro, pero todo está relacionado.
P: La industria musical es un sistema productivo que manufactura o apuesta por la superficialidad y la uniformidad de sus propuestas, prima la cantidad por encima de la identidad. Aunque ya me respondiste previamente, ¿ZAHARARAVE se puede concebir como una crítica manifiesta de esta dinámica?
R: Habría que hablar con cada individuo y proyecto sobre su motivación (risas). Aparentemente, hay muchos proyectos que nacen desde la replicación de unos patrones estéticos que ya han funcionado y, sobre todo, desde la búsqueda de un éxito concreto. Hay mucha música que se genera en mi entorno que se sigue produciendo sin cambiar absolutamente nada, y lo que me deprime es que no hay una motivación más allá de la económica o de exposición. Habría que preguntarles a las bandas sobre esto, me gustaría tener una conversación abierta con ellas, porque a lo mejor estoy equivocada, pero sí que siento que hay poca inquietud disruptiva. Es cierto que puede que lo piensen de mí (risas), cuando criticas algo te puedes devolver esa crítica a ti misma y plantearte si eres tú. No obstante, yo sí que intento crear algo híbrido para lo que no hay muchos referentes, y no es que me lleve mi motivación a hacerlo porque no existe, sino porque es lo que me gusta. Esta es una conversación eterna, pero sí que me parece que escasea el riesgo artístico, y siento que se han perdido las ganas por hacer música por el simple gusto de hacerlo. Cada vez es más difícil que la gente se junte en una habitación para hacer música, lo que veo más es la gente que se junta consigo misma en su habitación para hacer algo con el propósito de que lo “pete”. Siempre he vivido alejada de todo eso, y el poco éxito que he tenido en mi vida ha sido casual y completamente exento de pretensiones, y funcionó porque en su momento propicio para ello o he encajado en la rueda de lo que gusta. He tenido esa suerte, si se le puede llamar así.
