Hablamos con Vega, cantante y compositora cordobesa que fomenta la sinergia natural entre el público y el oyente a partir del poder vinculante de la canción

Existe un paralelismo vital entre la génesis creativa del músico y la contemplación activa del oyente. La narrativa que encauza el mensaje de una canción siempre parte de la perspectiva personal del compositor, pero su esencia se transforma en múltiples inferencias que quedan sujetas a los recuerdos de quienes la escuchan. El valor de la música no radica en el plano técnico, fundamental para el buen desempeño de su propósito, habita en su habilidad casi divina para conectar vidas, memorias, personalidades dispares que se entrecruzan en una melodía o un verso. Desde Cool Coruña, hemos tenido la oportunidad de entrevistar a Vega, cantante y compositora de Córdoba que ha cultivado una voz sonora única, sensible a un público dedicado a su manera de entender los entresijos de la música.
P: ¿Quién es Vega? ¿Cómo te definirías como cantante? O ¿Qué partes de Mercedes habitan en el proyecto musical de Vega?
R: Te diría que, en mi caso, más allá de la típica respuesta que te puedo dar de que soy artista, escritora, compositora, arreglista y productora, en lo que se refleja de la parte individual en mis composiciones no es tanto mi vida personal, sino mi forma de ver las cosas, hay un punto de vista en todo lo que hablo, no soy capaz de separar persona de artista. Eso no quiere decir que las canciones sean autobiográficas, pero sí que da igual el tema que trate, que siempre lo trataré desde mi óptica personal. Además, no persigo el agradar o desagradar, creo que la honestidad que me caracteriza como artista es porque lo que estoy diciendo lo estoy diciendo convencida como persona, no solo como artista, independientemente de lo que esté hablando.
P: Saliste de Operación Triunfo y abrazaste el camino de la independencia en una industria hostil tanto para los músicos emergentes como para las propias mujeres. Además, acabaste montando tu propio sello discográfico, La Madriguera. ¿Cómo fue esa decisión de aventurarse de esa manera en este mundo? Viéndolo en perspectiva, ¿habrías tomado alguna decisión diferente?
R: Pues mira, te diré que el momento en el que fundo La Madriguera respondía a una necesidad vital. No me encontré nunca en un lugar en el que los valores concordasen con los míos, y un proyecto como el mío es difícilmente trabajable por una multinacional, no tendría carrera si no hubiera tomado esa decisión. Para desarrollar una carrera como la mía hay que montar un sello independiente, y no siempre es agradable montar un sello independiente, tiene muchas dificultades. No todo es la parte bonita de poder hacer lo que quieras como quieras, tienes que buscar la fórmula, financiación, trabajar horas infinitas, eres el autónomo llevado al extremo de multiplicarte por veinticuatro. Un proyecto como el mío debería haber estado desarrollado por siete u ocho personas de diferentes departamentos de una multinacional, y en un sello propio lo haces sola. Esa parte es la parte que te agota y que te hace cuestionarte hasta qué punto tiene sentido tanto esfuerzo para poder llegar a hacer lo que realmente me gusta, que es escribir y subirme al escenario. Entonces, hay una parte que responde al hecho no querer hacer las cosas de una manera, está extendido el error común de tratar al público como el depositario final de un producto, y yo creo que el público es soberano, tiene que poder elegir, y no es el último eslabón de la cadena. En el momento en el que editas tu música, la editas para que sea escuchada, para un público, por esa razón pienso que el público no puede ser el último de la cadena, sino el primero. Esto, si lo traduces a una artista como yo, que no era una artista “de masas”, porque para eso debería haber pasado por cosas que, a nivel moral, no están dentro de mi forma de ser, la condición de poner al público en el primer eslabón requiere de cambiar las burocracias que hay en las multinacionales. No es que me lleve mal con todas ni que me parezcan horribles, simplemente tienen una burocracia muy grande y prediseñada para crear carreras potentes a corto plazo. Con el paso de los años, si no vas cumpliendo con los objetivos establecidos a corto plazo, empiezan a desdeñar los proyectos, y hay proyectos a largo plazo que requieren de paciencia y constancia. Entonces, nadie va a poner más mimo y cariño a mi proyecto que yo, y menos siete personas que le pasan por las manos catorce proyectos diferentes y que siguen directrices sobre qué priorizar y qué no. Yo no tengo esa diatriba, sé qué tengo que priorizar en mi proyecto porque es el único que tengo.
P: Galicia guarda un espacio importante en tu trayectoria discográfica. En el álbum La Reina Pez, la canción Santa Cristina envuelve al oyente a esa morriña, a esa atmósfera casi onírica y marinera que caracteriza esta tierra. ¿Cuál es la magia que hay detrás de Galicia, a la hora de plasmarla en una canción? ¿La nostalgia que entraña entabla una sinergia natural con tu voz musical?
R: Podría decir que es una cosa que surge de forma natural. La primera vez que piso Galicia fue a los 19 años y, desde entonces, no he dejado de venir ni un solo año. Tengo 47 años, por lo que llevo más parte de mi vida adulta en Galicia que fuera. Soy una persona a la que le gusta adaptarse y beber no solo de la parte cultural, sino de las costumbres de allá donde vayas. Acabas adoptando cosas idiosincráticas de la gente del lugar en el que estás, y Galicia tiene algo muy especial que encaja con cómo soy, la morriña. Mi repertorio siempre aborda muchos temas desde diferentes perspectivas, a veces desde lo reivindicativo, otras veces desde el anhelo o la nostalgia. La morriña es muy difícil de explicar si no la has vivido, si no estás aquí. Para el resto de España se le llama nostalgia, pero la nostalgia hace referencia a un momento concreto.
La morriña es un sentimiento de estar, no simplemente de vivir, y a base de tantísimos años aquí en Galicia, acabé entendiendo lo que es la morriña a partir de vivirla, sin más. Luego, muchos referentes que tengo como artista pertenecen al folclore de aquí, siempre me ha gustado. Algunos discos tienen canciones como Santa Cristina, pero hay otras canciones que, a pesar de no aludir a Galicia directamente, guardan un tipo de arreglos o la instrumentación que llevan, en críticas musicales me han llegado a atribuir la denominación de pop rock sinfónico galaico. Al final, no es una cosa que me desagrade para nada, me parece natural. Cuando te tiras desde los 19 años aquí, lo natural es que te dejes imbuir y te dejes llevar un poco. Entonces, hay veces que Galicia está presente no tanto en la temática, sino en la forma de hablar o la elección de palabras. Recuerdo que en Mirlo Blanco utilicé un castrapo (risas), hay palabras que tengo tan asimiladas de mezclar gallego y castellano que, a la hora de escribir, se me cuelan en las letras, y a veces pongo vermello en vez de rojo, porque me gusta más vermello. Yo creo que la gente que me escucha está más que acostumbrada a esto.
P: Tu último disco, IGNIS, publicado el pasado 2024, alude a una especie de renacimiento, un fuego que resurge y da paso a un génesis personal y creativo que desemboca en este disco, incisivo, puro y honesto. ¿Por qué la música es un vehículo ideal para exponer la filosofía vital de cada persona?
R: Lo creo firmemente porque, si nos fijamos en las personas, para los que hemos tenido una inquietud de expresarnos de forma escrita, hemos leído mucha poesía, hemos leído mucho ensayo, estamos acostumbrados a tener esas conversaciones internas casi poéticas, y la música es la mejor forma de llegar al público. A veces se desdeña a la música como arte, pero de todas las disciplinas artísticas, es la que entra de una forma más liviana, más sutil, tanto lo bueno como lo malo. Creo que es un vehículo bonito para darle canciones al público, donde tú estés contando tu forma de ver las cosas y que se sientan identificados, que incluso puedan narrar su vida a través de las canciones de otros. Al final, plantear una filosofía de vida a través de las canciones es relativamente fácil, y a la vez es bonito, porque puedes condensar una idea en cuatro minutos. Iba a decir en cuatro minutos, pero como hay una tendencia de hacerlas de dos minutos y yo sigo la contracorriente de aumentar el minutaje (risas). Cada vez tienes un hueco en el que tratar un tema, sintetizarlo y entenderlo, y eso lo hace muy asequible a un público que quizá no cedería a ese tipo de razonamientos con música más ligera o leyendo libros. Hay mucho aficionado a la lectura, pero no tanto a géneros como la poesía o el ensayo, son géneros que no son tan habituales como lo pueden ser la novela o cualquier otra cosa. Al final, cuando el público está escuchando música, está escuchando una visión del mundo. Esto lo aprendí de pequeña de los cantautores, aunque, a pesar de ser cantautora en el sentido literal del término, sin conllevar la carga política o reivindicativa, sí que conseguí expresarme musicalmente en los géneros en los que me siento más cómoda. He tenido la oportunidad de expresarme y liberarme, porque todo lo que escribo es algo que llevo dentro y que quiero liberar hacia fuera.
P: A medida que pasan los años, imagino que el proceso compositivo evoluciona. El enfrentamiento con el papel en blanco y la guitarra queda supeditado a la etapa en la que te encuentres. ¿Cómo ha sido esa evolución para ti? ¿Se ha vuelto un proceso más espontáneo o pausado y reflexivo?
R: Todos los artistas nos sentimos más cómodos con el repertorio reciente que con el antiguo porque está más acorde a la madurez, pero esto no solo se aplica a los artistas, pocas personas piensan igual que cuando tenían quince años. De hecho, es lógico que la madurez te haga ver las cosas de otra manera. Entonces, en mi caso ha sido un proceso muy natural, y me cuesta escribir menos que cuando era joven, los años y la experiencia hacen que me cueste menos. También te digo una cosa, hay artistas que, con el paso de los años, como te han contado muchas cosas, se enfrentan al odioso síndrome de la página en blanco. Tengo que decirte que a mí siempre me faltan páginas (risas), nunca me ha pasado lo de no saber qué decir, nunca.
P: ¿Cuál es tu relación con estas etiquetas genéricas que suelen establecer los periodistas?
R: En general, no me gustan las etiquetas, no me gustaron nunca. Dentro de mi propio repertorio, catalogar un disco es arduo y complicado, y conforme he ido avanzando aún más, porque me he sentido más libre de reivindicar mi condición de artista y compositora, me gusta una amplitud de música variada y nunca voy a estar condicionada por ningún género. Es verdad que, en el momento en el que pasan por el tamiz de Vega, acaba naciendo un género que he ido construyendo con los años, la única etiqueta que no me molesta es la mía propia. “Esto es muy Vega”, es marca de la casa, porque madurándolo y madurando la forma de escribir, acabas creando una identidad propia a la hora de presentar una canción. A lo que aspiraba de pequeña sin saberlo era tener esa identidad propia, que podrá gustar más o menos, pero sí que es reconocible. Cualquier persona que sepa quien soy, aunque sea de oídas, sabe que la canción es mía sin tener que buscarla en ningún sitio, por el timbre de voz o la forma de escribir. Yo hago trabajo de escritura para otros artistas, y me ha pasado que, por la forma de escribir, mi público ha sabido detectar qué canción les he escrito sin tener que mirarlo, y eso solo puede decir cosas buenas. Por lo menos, te has construido una marca personal propia, pero no una impostada a través de horas de pensarlo, sino siendo como soy.
En ese sentido, es la única etiqueta con la que me siento cómoda. Hay canciones dentro de mis discos que se escapan del pop. Si tuviera que englobar mi música en un género, creo que estoy más cerca de un pop rock que de un pop puro y duro, y si me apuras, es un pop rock más de autor en el que la canción fácil no está presente. Dudo mucho que el tiempo cambie lo suficiente como para que alguien prescinda de las etiquetas cuando hace una crítica musical, siempre quieren situar al público en una esfera determinada. Creo que conmigo es complicado, y si alguien hace un recorrido por mis discos, se da cuenta de que hay una evolución bastante clara, y lo único que es constante es una forma muy particular de escribir y el timbre de voz. Eso no es un género, eso soy yo.
P: El 18 de agosto tocas en el Náutico de San Vicente. Nos encontramos en un punto en el que la cultura del concierto ha cambiado por completo, tanto por el formato del concierto (con el auge de los festivales) como por la manera de experimentar el directo por parte del público. ¿Cuál es la premisa fundamental para seguir emocionando al oyente contemporáneo en un concierto actual?
R: Honestidad, y sobre todo, no estar encorsetado. En los macroconciertos, lo que te emociona es un sentimiento macro, porque te estás dejando llevar por la masa y no tanto por tu experiencia personal. Hay tanta presencia de pantallas, todo está tan estudiado, que acabas asombrado por el conjunto de un show que por la canción. Soy de esas personas que sigue pensando que una canción tiene que funcionar a oscuras, sin nada, y que se puede emocionar a alguien sin tener absolutamente nada de eso. Cuando eres capaz de conseguirlo, lo demás es querer enriquecer o llenar, y a veces, enriquecer demasiado tapa la esencia de la música. Yo he tocado en macro eventos y en conciertos propios, y me siento más cómoda en estos últimos. ¿Tú has venido a algún concierto mío?
P: Fui hace unos cuántos años a un concierto que hiciste en la Sala Garufa.
R: Bueno, si fue en el Garufa tuvo que ser en la gira anterior de Mirlo Blanco, hace tres o cuatro años, mínimo. Pero bueno, ya tengo un proyecto nuevo preparado para lanzar dentro de poco, y con ese contaré doce discos. Entonces, creo que has llegado en el número diez, a lo mejor (risas).
P: Llegué tarde…
R: Nunca es tarde. Es más, a mí me encanta la gente que va llegando a pocos, porque hace un repaso a la discografía y se da cuenta de que estamos perdiendo artistas porque no nos llegan, porque estamos condicionados por un algoritmo, y porque estamos más influenciados de lo que pensamos. En mis conciertos, rara vez hay móviles, rara vez hay gente hablando entre canciones, eso me suele pasar cuando voy al macro evento, en donde soy música de fondo. De hecho, cuando invito a compañeros a mis conciertos, hay una pregunta común que orbita alrededor del comportamiento de mi público, porque es un público que canta a pulmón durante la canción, que cuando acaba aplaude, y cuando abres la boca para hablar por el micro, están en silencio, y te lo comentan como si fuera algo raro. Mi público es un público al que le gusta la música, igual es por eso por lo que no es tan masivo, porque cuesta. No sé, es lo que te digo, soy una artista que tuvo que hacer una carrera a base de hacer conciertos propios, donde la gente se acostumbra a pagar una entrada para escucharte, no para hablar con el de al lado. En la experiencia vital dentro del concierto, el que se sorprende es el acompañante que no había venido nunca, al ver a las personas conectar y disfrutar con las canciones. No se trata de una cosa tan de evento social, donde estamos todos, no sabemos por qué estamos, y en el que la música es una excusa para reunirse.
Concebir la música así también es súper sano y necesario, pero igual vas a un macro evento esperando vivir una experiencia cercana, y en un estadio no lo vives. Hay muchos artistas que hacen estadios que están deseando volver a tocar en un sitio más reducido, en donde se reencuentren con la sensación de que el público te devuelve algo. Lo que alimenta mi carrera es lo que me devuelve el público, cuando me voy a un formato más grande me siento desprotegida, y siento que estoy de música de fondo, algo que no me agrada tanto, por eso es más difícil verme en un macro evento que en giras propias. Sobre el concierto en el Náutico, estamos hablando de un sitio con un aforo de unas 800 personas que han comprado una entrada para verte un martes a la una de la tarde. Hay gente que se pide el día, que o está en vacaciones o tienen jornada continua y no pueden venir. A mí también me gustaría tocar a las 20 como todos los chicos, pero aún así, es un concierto que va a estar lleno. Ya nos pasó el año pasado cuando toqué en el Naútico, que toqué en el horario del vermú en un día de semana, y el sitio estaba tan lleno como cualquier otro artista de más solera, los “cabezas de cartel”, por decirlo de alguna manera. Si lo encuentras a la una de la tarde, entonces es un público que quiere ir a conciencia, y sí que es bonito ver que el público que va a esos conciertos es mi público, que se va a comportar igual, vaya a donde vaya.