¿Qué ocurre cuando le entregamos nuestro nombre a otra persona? Si un nombre es el lugar donde empieza nuestra identidad, compartirlo con alguien es permitir que una parte de quienes somos deje de pertenecernos por completo. Es aceptar que el límite entre el «yo» y el «tú» ya no está tan claro

Por Lucía Besteiro Morandeira
El otro día, curioseando entre plataformas, vi que Call Me by Your Name abandonaba el catálogo el 30 de junio. La había visto hacía apenas unos meses, pero pensé que era una buena excusa para volver a verla. No esperaba descubrir nada nuevo. Sin embargo, hubo una escena que esta vez me obligó a detener la película unos segundos: aquella en la que Elio y Oliver dejan de llamarse por sus propios nombres y empiezan a llamarse por el del otro. Siempre la había entendido como una declaración de amor. Esta vez me pareció otra cosa. Una pregunta. ¿Qué significa realmente regalarle tu nombre a alguien?
Cuanto más pienso en ello, más extraña me parece la idea. Porque un nombre es una palabra cualquiera. Apenas un puñado de letras. Sin embargo, pocas cosas sentimos tan nuestras como él. Hay palabras mucho más bonitas, mucho más complejas, mucho más importantes. Ninguna consigue que levantemos la cabeza al escucharla como lo hace nuestro nombre. Quizá porque es la primera palabra que aprendemos a reconocer como propia. Mucho antes de saber leer o escribir, ya sabíamos que aquel sonido hablaba de nosotros. Antes incluso de construir una identidad, ya había alguien pronunciando nuestro nombre para empezar a construirla.
Lucía. A pesar de ser un nombre bastante común, sé reconocerme en él. Sé que no suena igual cuando lo pronuncia un desconocido que cuando lo hace alguien que me conoce. Sé distinguir cuándo alguien habla de mí y cuándo simplemente coincide con otra Lucía. Nuestro nombre es una palabra cualquiera para casi todo el mundo. Pero para cada uno de nosotros contiene una vida entera.
Por eso me resulta imposible creer que el intercambio de nombres en Call Me by Your Name sea solo un gesto romántico. ¿Qué ocurre cuando le entregamos nuestro nombre a otra persona? Si un nombre es el lugar donde empieza nuestra identidad, compartirlo con alguien es permitir que una parte de quienes somos deje de pertenecernos por completo. Es aceptar que el límite entre el «yo» y el «tú» ya no está tan claro. Me gusta pensar que cada persona pronuncia nuestro nombre de una manera distinta. No porque cambie la palabra, sino porque cambia todo lo que lleva detrás. Hay nombres que solo nuestros padres saben decir. Otros que solo pertenecen a los amigos de la infancia.
Hay personas que pronuncian nuestro nombre y sentimos refugio; otras lo pronuncian y apenas nos reconocemos en él. Un nombre nunca pertenece del todo a quien lo lleva, sino también a quienes lo han ido llenando de significado.
1Por eso las palabras bonitas siempre pesan un poco más cuando van acompañadas de nuestro nombre. Un «estoy orgulloso de ti» nunca suena exactamente igual que un «estoy orgulloso de ti, Lucía». Como si el nombre hiciera que esas palabras dejaran de pertenecer a cualquiera para encontrar, por fin, a su destinatario.
Creo que esa escena en la que Oliver y Elio intercambian sus nombres, funciona porque Luca Guadagnino nunca intenta explicarla. La película está llena de silencios, de miradas que duran más de lo habitual, de una fotografía bañada por la luz del verano italiano que parece convertir cada plano en un recuerdo. Todo transmite la sensación de que estamos asistiendo a algo demasiado íntimo para ser dicho con palabras. La cámara nunca tiene prisa. Observa a los personajes casi con la misma paciencia con la que uno recuerda un verano muchos años después. Todo en la película transmite la sensación de que estamos asistiendo a un recuerdo mientras todavía está ocurriendo. Incluso la música de Sufjan Stevens parece entenderlo. No describe las emociones de los personajes, las deja en el aire. Y, cuando ellos dejan de hablar, las canciones siguen pensando por ellos.
Sin darme cuenta, todo esto me lleva inevitablemente a hablar de otra película: Your Name. En Your Name ocurre justo lo contrario. Si Call Me by Your Name habla de compartir un nombre, la obra de Makoto Shinkai habla del miedo a perderlo. Sus protagonistas pasan la película intentando aferrarse al recuerdo del otro, luchando contra una memoria que se deshace poco a poco. Entre todas las cosas que olvidan, hay una que se resisten desesperadamente a perder: el nombre.
Me parece fascinante que dos películas tan distintas, separadas por miles de kilómetros y nacidas en culturas completamente diferentes, terminen haciéndose la misma pregunta. Una propone regalar el nombre. La otra intenta conservarlo. Pero ambas parecen entender que un nombre nunca es solo una palabra. Es el lugar donde una persona sigue existiendo incluso cuando empieza a desaparecer de nuestra memoria.
Quizá todos hemos vivido alguna versión de eso. No hace falta olvidar literalmente el nombre de alguien. Basta con intentar recordar la voz de una persona que ya no está, la forma exacta en que pronunciaba el nuestro o el tono con el que decía una frase aparentemente corriente. Hay recuerdos que empiezan a borrarse por los bordes. Y, cuando eso ocurre, el nombre se convierte casi en el último hilo que todavía nos une a ellos.
Tal vez por eso nunca he pensado que Call Me by Your Name sea únicamente una historia de amor. Creo que habla, sobre todo, de identidad. De esa extraña posibilidad de que una parte de quienes somos deje de vivir exclusivamente dentro de nosotros para empezar a existir también en otra persona.
Al principio pensé que regalarle tu nombre a alguien significaba perder una parte de ti. Ahora creo que ocurre exactamente lo contrario. Significa encontrar un lugar donde esa parte estará a salvo. Imagina confiar tanto en alguien que pudieras hacer algo así. No prestarle tu nombre durante un instante. No convertirlo en un juego. Regalárselo de verdad.
Llámame por tu nombre y yo te llamaré por el mío. Elio y Oliver no están jugando a intercambiar palabras. Durante un instante desaparece la frontera entre ellos dos. Ambos aceptan que ya no importa demasiado dónde termina uno y empieza el otro. Quizá por eso recuerdo esa escena especialmente. Porque me obliga a preguntarme si alguna vez sería capaz de hacer lo mismo.
Me gusta pensar que si pudiera desdibujar los límites de mi persona, le regalaría mi nombre a alguien en quien confiara lo suficiente como para saber que, cuando me perdiera, bastaría con llamarlo por mi nombre para volver a encontrarme. Todos necesitamos un lugar donde dejar a salvo una parte de nosotros mismos. Y no se me ocurre ninguno más bonito que otra persona.
