Las cenizas de la memoria

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¿Qué tiene el fuego que lo hace tan hermoso? Algo extraño. Nos asusta y nos atrae al mismo tiempo. Es refugio y amenaza. Reúne a las personas, pero también puede expulsarlas

Foto: ENVATO

Por Lucía Besteiro Morandeira

Con la llegada del final de junio volvió una de las noches más esperadas del año: aquella en las que miles de personas se reunirán alrededor de hogueras. Vimos arder apuntes, fotografías, muebles viejos, papeles con deseos escritos a mano. Saltamos el fuego, observamos cómo las llamas se elevan contra el cielo de la noche y repetimos un ritual mucho más antiguo que cualquiera de nosotros. Desde hace miles de años la humanidad se reúne alrededor del fuego. Quizá por eso nos cuesta apartar la mirada.

Cuando era pequeña le tenía miedo. O al menos eso creía. Recuerdo quedarme sentada frente a la chimenea de mi casa observando las llamas a través del cristal. Mis padres me advertían constantemente de que no me acercase demasiado, de que podía quemarme. Y tenían razón. Un día acerqué la mano más de la cuenta y acabé llorando por la quemadura. Lo curioso es que, después de llorar, volví. Volví a sentarme delante de aquella chimenea y a mirar el fuego durante horas.

¿Qué tiene el fuego que lo hace tan hermoso? Algo extraño. Nos asusta y nos atrae al mismo tiempo. Es refugio y amenaza. Reúne a las personas, pero también puede expulsarlas. Nos ha permitido cocinar, calentarnos y sobrevivir. También ha destruido ciudades enteras. Tal vez por eso Ray Bradbury eligió el fuego como símbolo central de Fahrenheit 451. En esta distopía, los bomberos ya no apagan incendios: los provocan. Su trabajo consiste en quemar libros. Destruirlos. Hacerlos desaparecer. El fuego elimina problemas. Borra responsabilidades. Controla el pensamiento. Si algo molesta o amenaza a los ideales establecidos, basta con arrojarlo a las llamas. Y esa idea resulta mucho más actual de lo que parece.

Fahrenheit 451 no habla solo del placer incomprensible de quemar, sino de la memoria. Del pensamiento crítico. De lo que ocurre cuando una sociedad deja de hacerse preguntas porque las preguntas resultan incómodas. Los libros son simplemente el símbolo. Lo verdaderamente peligroso no es quemar papel. Lo inquietante es la idea de reducir a cenizas la capacidad de recordar.

A menudo pensamos que las grandes censuras pertenecen al pasado. Imaginamos hogueras de libros en la Alemania nazi o bibliotecas destruidas durante las guerras. Sin embargo, el olvido rara vez llega de forma tan espectacular. Casi siempre aparece de manera silenciosa. A través de la indiferencia. Del exceso de ruido. De la falta de tiempo para detenerse a pensar. Bradbury entendió algo que quizá seguimos sin comprender del todo: una sociedad no necesita prohibir los libros para dejar de leerlos. Basta con conseguir que nadie quiera abrirlos.

Existe un mito antiguo que Bradbury recupera en este mundo catastrófico. Es la historia del ave Fénix, un pájaro que cada cierto tiempo construye una pira, arde en sus propias llamas y renace de las cenizas. Una y otra vez. Una y otra vez. La diferencia es que el Fénix no recuerda. Nosotros sí deberíamos hacerlo.

Sabemos las guerras que hemos provocado. Sabemos las veces que el fanatismo ha vencido al pensamiento. Sabemos lo que ocurre cuando dejamos que otros piensen por nosotros. Tenemos siglos de errores acumulados a nuestra espalda. Y, aun así, seguimos construyendo nuevas hogueras.

Como cada año, volvimos a reunirnos alrededor de las hogueras de San Juan. Veremos cómo las llamas consumen aquello que decidimos dejar atrás. Y quizá eso esté bien. Hay fuegos que es mejor no recordar. Pero es importante no olvidar que existe otro fuego. El que no libera. El que borra. Y contra ese fuego, la memoria sigue siendo nuestra mejor defensa. Las llamas siempre parecen prometer un nuevo comienzo, pero antes de quemar lo que no queremos ser, conviene recordar lo que ya fuimos. Al fin y al cabo, los libros, la memoria y las historias cumplen la misma función que los espejos: obligan a mirarnos durante un rato. Y quizá esa sea la única manera de no acabar arrojándonos una vez más a nuestra propia hoguera.

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