El Exorcista no es solo una «peli de miedo», es el reflejo de una época en la que todo lo que se hacía para una película del género se hacía por y para que, desde el minuto uno, se sintiera una sensación constante de terror

Por Javier Insua
Ay… El cine de terror… Esa vertiente cinematográfica en la que nos adentramos con valentía, cuando sabemos que esa noche no dormimos solos y no tendremos el problema de vigilar de reojillo la ropa amontonada en el burro por si es un ente maligno… Si te toca irte al sobre más solo que la una, ya no es tan divertido, ¿a qué no?
¡Y ahí está la gracia! Pasarlo bien pasándolo mal!! Pero no es tarea sencilla chavales… Y es que como ya sabéis el cine actual cada vez es más insustancial… Sigue habiendo títulos que nos sorprenden y nos emocionan, continuará habiéndolos y en el caso del terror, el cine independiente aún cosecha propuestas interesantes. Pero como siempre digo, que hay del Mainstream? De la producción masiva enfocada al gran público? Ahí yo creo que la vertiente flojea y muchas buenas premisas son arruinadas por guiones carentes de alma o en su defecto por el CGI y los efectos digitales que hacen que pierdas toda la tensión que habías acumulado durante la primera mitad de una aparente «buena historia», pero en 1973 las cosas fueron muy distintas. El Exorcista no es solo una «peli de miedo», es el reflejo de una época donde todo lo que se hacía para una película del género se hacía por y para que desde el minuto uno se sintiera una sensación constante de terror.
William Friedkin venía de revitalizar el noir policiaco con The French Conection y decidió adaptar la brutal y censurada novela de Peter Blatty, al que pidió que escribiera el guión para adaptarlo a la gran pantalla. Regan MacNeil, una niña de 13 años hija de una exitosa actriz, juega inocentemente a la guija en su casa de Georgetown en Washington D.C. Mientras, en el caluroso norte de Irak, el Padre Merrin cree haber liberado algo realmente maligno mientras realizaba una excavación arqueológica.
El desarrollo es lento y lleno de ritmo a la vez, presentando a los personajes, sin prisa pero sin pausa para que antes de darnos cuenta estemos acompañándolos en la pesadilla que está por venir. El padre Lancaster Merryn, el veterano sacerdote interpretado por el actor fetiche de Ingmar Berman, Max Von Sydow, es quien da la veteranía al film, dándonos un personaje férreo en sus creencias y una gran fuerza de voluntad para salvar el alma de la pobre niña.
Ellen Burstyn, se puso en la piel de Chris MacNeil como la sufrida madre que acaba recurriendo a la fe para salvar el alma de su hija y Linda Blair fue poseída por el Anticristo regalándonos una de las interpretsciones más macabras, naturales y espeluznantes de la historia del cine, valiéndole una nominación al Óscar y premiándola con un Globo De Oro.
Pero por encima de todos los roles destaca el de Jason Miller como el atormentado padre Demian Karras. Un jesuita licenciado en Psiquiatría, inmerso en una fuerte crisis de fé y que arrastra la culpa de la reciente muerte de su madre, la cual por vivir en otra ciudad no pudo asistirla en su enfermedad y posterior fallecimiento, algo que el maligno utilizará para quebrarle. Friedkin sabe cómo sobrecoger al espectador y es ahí donde destaca esta obra por encima de lo visto hasta entonces y lo visto mucho tiempo después.
Y es que cuando la joven Regan comienza a compórtarse de manera violenta, física y verbalmente, cuando no puede dormir o se orina en una reunión de invitados en el suelo del salón, su madre decide procurarle urgentemente atención médica. Todo esa escena es un grandísimo ejemplo de como una película de terror puede coger lo mundano y provocar escalofríos sin que tenga que haber nada sobrenatural en primer plano. Las duras pruebas médicas a las que las que la niña es sometida son tan brutales como cuando el fantástico invade de lleno la historia.
Pero verdaderamente, cuando Regan MacNeil finaliza su transformación a un instrumento del Averno podemos apreciar porque esta película es lo que es… El hogar deja de ser cálido, el piso superior es una puerta al infierno donde reina la locura y la violencia y donde la fotografía de Owen Roizman destaca por sus tonos fríos. Se nos shockea con escenas tan fuertes como la joven destrozando su entrepierna con un crucifijo en el nombre de Dios o bajando retorcida como una araña las escaleras para abrir la boca en primer plano y sangrar antes de un fundido a negro. El Exorcista costo 12 millones de dólares de la época y recaudó 441 millones convirtiéndose en la película más taquillera de la historia del cine hasta que Spielberg y su escualo de 7 metros la destronaron dos años después.
Cuesta imaginar como en 1973 una película tan polémica, plagada de escenas tan fuertes y que muchos consideraron blasfema, censurandola en varios países, pidiendo su retirada de las salas y amanezando de muerte a sus implicados, fuera tan valorada por el público, la crítica y la cademia, pero la respuesta es clara… Porque es una obra maestra… El arte no siempre tiene porque ser bello o agradar, el arte tiene que transmitir y expresar, en eso consiste y esta joya del séptimo arte lo hizo gracias a , como siempre ocurre, sus responsables, a gente con visión y talento que arriesgaron y decidieron llevar su visión del cine de terror un paso más allá.
Ahora decidme que La Monja, Paranormal Activity, Insidius y Expediente Warren, aunque puedan tener buenos momentos, son superiores o iguales a Carrie de Braian De Palma, que La Semilla del Diablo de Roman Polansky, que Al final De La Escalera de Peter Medak o que «Quién Puede Matar a Un Niño» de Chicho Ibáñez Serrador… El terror no le da miedo a un adulto por lo grotesco, si no porque la atmósfera de lo que está viendo en pantalla durante dos horas ha conseguido abrumarle.
El Exorcista es, en mi humilde opinión, la mejor película de terror jamás hecha. Su temática, su realización, sus interpretaciones y su contexto la hacen una obra imprescindible y un punto de inflexión para el género. Cuando eres niño hablas con cuidado de ella, porque el simple hecho de nombrarla repele… Hay algo que la une al Diablo, a las fuerzas del mal… Y provocar esa sensación en las personas que no son creyentes ni de lo bueno ni de lo malo, como yo, solo se consigue de una manera… Haciendo buen cine. Nos vemos el mes que viene y que Dios os coja confesados.