Arturo Rodríguez: «No estoy dispuesto a comerciar con la esencia para entrar en determinados círculos»

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Hablamos con Arturo Rodríguez, cantante y compositor gallego que concibe la música como una revelación introspectiva y una aproximación hacia la soberanía individual

Foto: Arturo Rodríguez (cedida)

La eterna persecución por el propósito vital define la identidad del individuo. En el mundo contemporáneo, la sociedad sobrevive a la opresión de la productividad y al beneplácito permanente de la imagen personal, desvirtuada y deshumanizada por la dictadura de la superficialidad imperante en las redes sociales. Estas circunstancias nublan el horizonte de la existencia y ocultan el verdadero significado de vivir, que reside en la reconciliación única y exclusiva con la naturaleza del yo. Desde Cool Coruña, hemos tenido la oportunidad de entrevistar a Arturo Rodríguez, cantante y compositor coruñés que remite al oyente al sentido de la libertad de ser sumergiéndolo en su universo sonoro, fraguado en la sinergia entre el arraigo folk y la perspectiva contemporánea.

P: ¿Quién es Arturo Rodríguez? ¿Cómo te definirías como músico?

R: Supongo que las inquietudes artísticas entraron en mí como entran en cualquier chaval, en mi caso fue alrededor de los 14 o 15 años, cuando cogí la guitarra a raíz de unos amiguetes. A partir de ahí, anduve en muchos proyectos orientados a diferentes targets y con diferente grado de involucración. Desde hace 10 años, empecé a coger un poco más la guitarra, porque antes era bajista a tiempo completo, y desde hace diez años empecé a trasladar las canciones de la guitarra a raíz de la oportunidad que tuve de vivir en Australia en 2014. Allí descubrí otro modelo de composición, empecé a rascar más la guitarra por la practicidad que te da la instrumentación acústica, y tratando de encontrar otras vías de escape que no fuesen sudor, pogos y el desenfreno del rock and roll, me fui interesando más por la música popular. Decidí hacer un primer disco sin ningún tipo de pretensión, y me reí porque, fíjate en la inocencia y lo genuino que fue todo, en el disco puse mi propio número de teléfono, se asemejaba más a una tarjeta de visita que a un trabajo discográfico. Entre idas y venidas, ensayo y error, muchos kilómetros y mucho trabajo, pues hasta hoy. Han sido varios discos, más de 200 conciertos y mucha actividad, llevando unas canciones que constituyen un proyecto de lo más personal y sin pretensiones que me ha dado para vivir y contentar y descontentar a la gente. De la manera más inesperada y menos pretenciosa, he logrado consolidar un proyecto que me ha permitido cruzar el charco, visitar países que nunca pensé que conocería y visitar todas las provincias españolas.

P: Hablaste sobre tu evolución musical orientada a este proyecto, del punto de partida desenfrenado del rock a la modernización folk. ¿Cómo se fraguó la transición de principios a la hora de comprender la música? ¿Con qué parte va a estar esta nueva etapa más conectada con Arturo Rodríguez?

R: Me encanta, porque pocas oportunidades tiene uno de explicarlo bien. Tengo que reconocerte que empecé con este proyecto de una manera muy egoísta, me explico. Estaba cansado de las formaciones naturales, donde todo el mundo tiene su punto en el proyecto (cosa que es muy saludable y necesaria), y cansado de la imposibilidad que a mí me inculcaba. Yo me privé de muchísimas cosas con mis proyectos anteriores por la imposibilidad de llevar a la práctica mis pretensiones por mis compañeros y, a la vez, por la sencilla razón de no acatar el lugar que tiene uno en el proyecto que defiende conjuntamente. Se puede decir así, o se puede decir directamente, para que lo entendamos todos, a donde yo quería llegar no era más lejos, sino a unos caminos que defendían el bien común del proyecto. Con esto no quiero decir que mis compañeros no fuesen queridos, fueron queridos y tuve mucha suerte por tenerlos, pero se imponían unas autolimitaciones que no iban conmigo, o querían transitar por unos caminos que no eran los que yo entendía para tal. Nunca empecé en esto para gustarle a otras personas o para conocer a chicas cuando éramos adolescentes, yo siempre fui una persona muy inadaptada en esos aspectos. Mis inquietudes artísticas y musicales vinieron por algo más revelador, desde el primer momento me dio un vuelco a la cabeza la comunión entre la física sonora y el cuerpo. Entonces, lo que es el lado de la interpretativa, el discurso de tocar con mis amigos, del comerme kilómetros, y de que esta comunión emocional y motivacional fuese la que me llevase a conocer nuevos lugares, probar otras gastronomías y conocer otras personas, fue la excusa perfecta para meterme en este berenjenal. A partir de ahí, sentí que, si se presentaban estas dificultades en grupo, he de haber alguna fórmula para montármelo yo solo y no depende de nadie. No es por el afán mandón, sino por la voluntad de que nadie me impida hacer lo que quiero, porque tiene que haber otros caminos. Esos caminos los encontré en la figura del songwriter americanizado, en mi caso de origen australiano. Aquí en España y el mundo latino nos inclinamos hacia el cantapenas, como puede ser Ismael Serrano, y a mí me iba más el perfil dylaniano, Johnny Cash, Neil Young… me interesaba la idea del cancionista, del hacedor de canciones, no tanto la del cantapenas. Ese año en Australia empecé a hacer canciones con la guitarra acústica, y de una manera natural y sin imposiciones, acabé haciendo las canciones que ahora defiendo.

Respondiéndote a la segunda cuestión, se dio de una manera espontánea y predecible. Empecé haciendo canciones para defenderlas yo solo, con el conocimiento de las limitaciones en grupo ya sabía las limitaciones que podía tener en solitario. Así como tuve limitaciones técnicas o logísticas, sí que no tuve tener limitaciones a la hora de que dependiese de mí conocer nuevos lugares, nuevas salas y experiencias. Esto me hizo tener como dinámica el irme un fin de semana en el que hacía 2.000 kilómetros para tocar en una fecha para cuarenta personas y en otra para cincuenta. Iluso o loco de mí, me empezó a compensar emocionalmente entrar en 90-120 vidas de asistentes, porque no lo hacía solo por lo musical. Yendo solo tenía muy pocos gastos y, como siempre fui una persona con muchos kilómetros y muy furgonetera, he sido muy dado a esas carreteras secundarias y a disfrutar de los viajes de ochocientos kilómetros para tocar para sesenta personas. A mí eso no me desalentó, y eso creo que fue el secreto, cuando a otras personas les viene el desaliento repentino o cuando no ven los resultados a corto plazo, tiran la toalla, y no fue mi caso. Entonces, me vi recogiendo los frutos de todo este camino, y de una manera natural, me empezaron a venir las oportunidades mayores. El precio que pagar de todo esto fue hacerlo solo y, tras varios intentos de complementarlo con músicos extra en el escenario, pues volver a quedarme solo otra vez. Tardas tiempo en consolidar a compañeros que compartan tu visión del proyecto, y precisamente ahora, siento que estoy en un buen momento, en el que escribo canciones pensando en dejar espacio a nuevos componentes y timbres vocales.

P: Para ti, la música no fue un vehículo para satisfacer determinadas necesidades sociales, sino que apareció como una revelación artística y orgánica. Vivimos en el mundo de la apariencia, lidiando constantemente con nuestra imagen y la de los demás, y la industria musical está sumida en una saturación de nuevos productos cada vez más homogéneos. ¿Echas en falta más de honestidad en las propuestas emergentes que están surgiendo en la escena musical?

R: En todo lo que engloba un proyecto musical, en este punto es donde más radicalizado estoy, y es precisamente por eso, ni siquiera por la falta de honestidad que posiblemente abunde. Es innegable el momento en el que estamos y los aros que hay que pasar hoy en cuanto a comunicación y a inmediatez. Si estoy radicalizado contra ese exhibicionismo que se nos exige y en esa persistencia que nos exigen a los creadores para estar siempre ahí, entre comillas. Ya no solo tenemos que ser fotógrafos, editores, productores, logísticos, diseñadores gráficos, pseudoinfluencers… Aparte de tener que hacer todo eso y no poder limitarnos únicamente a crear canciones, se nos exigen muchísimas otras cosas que no es que me resista a hacerlas, sino que, por edad, no van conmigo, no me crie en eso. Respeto muchísimo que los jóvenes sí se hayan criado en este enfoque y lo vean de una manera natural, pero hoy en día lo paso fatal incluso tomándome fotos, porque tengo la cara tensionada con una cámara delante. La gente me dice que soy una persona extrovertida a la que le gusta hablar, pero a mí me pones una cámara o una grabadora delante y me tensiono, no me gusta nada. Me jode profundamente este aro por el que tenemos que pasar, en el que, para subir una foto a nuestras redes sociales, tiene que ser una foto impoluta, porque haciendo scroll, en la foto de al lado tienes el cuerpo perfecto, el rostro perfecto, la sonrisa perfecta… ¿Cómo no va a existir riesgo en la salud de los jóvenes teniendo en cuenta la comparativa constante a la que estamos supeditados? Me da mucha pena, porque el músico debería hacer música, así como el terapeuta da terapia, y lo que el músico tiene que hacer ahora es ganar fans, es vergonzoso. Estamos condicionados y sobre estimulados, y yo no quiero perder la inocencia de niño por la que empecé este camino, por lo que estoy un poco desalentado, pero no puedo cambiar las reglas del juego. Desde el día uno he configurado mi trayecto desbrozando mi propio camino, no estoy dispuesto a comerciar con la esencia para entrar en determinados círculos, y lo extrapolo a la música comercial. Yo quiero mantenerme fiel a mis principios, y no pienso coger ninguna bandera. Pudiendo hacer otro tipo de música llenando la Sala Pelícano, porque no es tan mágica la fórmula para conseguirlo, prefiero hacer un Mardi Gras con la música que me sale natural.

P: El 6 de junio visitas la Mardi Gras por el 10º aniversario de tu proyecto en solitario, después de un largo camino repleto de experiencias y un respeto absoluto por la esencia. ¿Cuál crees que sería la valoración de tu yo de hace diez años si te viese en el concierto de este fin de semana? ¿Qué le dirías tú antes de emprender el proyecto?

R: Aquí tenemos la clave de la cuestión, y quizá haya sido el secreto, yo empecé esto sin ningún tipo de pretensión. Antes de empezar el proyecto, hacía hardcore, y después tuve dos años en los que edité música electrónica en Alemania con un sello de Hamburgo. Entonces, el secreto fue que la maquinaria funcionase de manera natural, porque cuantas más pretensiones y objetivos me puse, más limitaciones temporales acabé teniendo. No sé qué tipo de conversación tendrían el Arturo del primer álbum o el de ahora, aunque no difieren mucho. Es evidente que ahora tengo más experiencia, pero mi logro ha sido más personal que musical. La música me ha llevado a todos los sitios y personas que he conocido, y es lo que me llevo en el corazón. Por supuesto, me lo he pasado muy bien y estoy muy orgulloso de haber llevado mis canciones a determinados sitios, y más teniendo por principio la discreción, después del concierto de la Mardi Gras me vuelvo a la cueva. El álbum ya está acabado, pero quiero hacer un álbum con pretensión y grande, algo que no me he podido permitir hasta ahora por haberme precipitado, todo sea dicho. Entonces, esa conversación entre los dos Arturos no sería muy diferente, sería de una persona más madura y con un grado decisional más maduro, pero ni un mejor músico ni cantante, sería el de un gran crecimiento personal. Como te digo, voy a la Mardi Gras el 6 de junio, pero luego vuelvo al circuito de garitos a tocar delante de 50-60 personas, y creo que mi música y mi propuesta está hecha para eso. Soy súper feliz haciendo esto en el contexto en el que lo hago.

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