Cómo el blanco conquistó a las novias

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Durante siglos, las novias no se casaban de blanco. Se casaban con el mejor vestido que podían permitirse. A veces azul, otras rojo, otras incluso negro. Porque antes la boda no era tanto una cuestión estética, sino un acontecimiento social

Foto: Raquel Rodríguez

No siempre fue el color con el que llegaban al altar en su gran día. Hay preguntas que nunca nos hacemos porque asumimos que las cosas son así. Como por qué en las bodas siempre hay alguien con una corbata imposible o por qué las invitadas terminan descalzas a las tres de la mañana, como si el tacón aguantara solo hasta cierta hora.

Y el tema más importante: el del vestido blanco. El gran símbolo de cualquier boda. La novia y su historia. Tan normalizado que parece eterno, como si las novias hubiesen vestido de blanco desde el principio de los tiempos. Pero no. Durante siglos, las novias no se casaban de blanco. Se casaban con el mejor vestido que podían permitirse. A veces azul, otras rojo, otras incluso negro. Porque antes la boda no era tanto una cuestión estética, sino un acontecimiento social. El vestido tenía que reutilizarse, sobrevivir al tiempo y, sobre todo, decir algo sobre la familia de la novia.

Y aquí está la clave: el blanco no era lo habitual porque era casi inalcanzable para la mayoría. Un color delicado, difícil de mantener, imposible de limpiar y muy fácil de ensuciar. Llevarlo no era una elección romántica, era una declaración económica. Significaba poder permitirse un vestido que no estaba pensado para tener más vida que un solo día. Durante años lo hemos asociado a la pureza, cuando en realidad nació mucho más cerca del estatus que de la inocencia.

Todo cambió en 1840, cuando la reina Victoria del Reino Unido decidió casarse de blanco. Un gesto aparentemente simple, pero con un impacto enorme. Eligió ese tono para lucir encajes ingleses hechos a mano y apoyar la producción local de su país. Y, sin quererlo, convirtió ese color en un icono nupcial. A partir de ahí, todas querían ir de blanco. Las clases altas la imitaron primero, después el resto. Y poco a poco el blanco dejó de ser una excepción para convertirse en el uniforme oficial de las novias. Y aunque las bodas han cambiado muchísimo, hay algo que se mantiene intacto: el momento en el que aparece la novia. Ella sigue siendo el centro. La escena que todos esperan.

El vestido blanco tiene algo casi cinematográfico. No importa si es minimalista, romántico, satinado o lleno de encaje. El efecto siempre es el mismo. No por el diseño, sino por lo que representa. Durante un día, la persona que se casa pasa a ser la novia vestida de blanco. Porque al final nunca fue solo un color. Es una forma de decir que ese día no se parece a ningún otro.

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