La historia no suele recordar a quienes más sufrieron. Suele recordar a quienes tuvieron el poder suficiente para escribir el relato

Por Lucía Besteiro Morandeira
Hay ciudades que esconden sus fantasmas demasiado bien. Caminamos por sus calles sin pensar demasiado en lo que hubo antes: quién vivió allí, quién sufrió allí o quién fue condenado al olvido. Pero las ciudades nunca son espacios neutros. También están construidas sobre heridas, silencios y memorias que muchas veces se intentan borrar. Ocurre en muchas partes del mundo. Berlín sigue marcada por la memoria del Holocausto; en Argentina, antiguos centros clandestinos de detención fueron convertidos en espacios de memoria tras la dictadura; en España todavía existen fosas comunes sin abrir de la Guerra Civil y del franquismo. El pasado nunca desaparece del todo. Simplemente aprendemos a dejar de mirarlo.
Eso ocurre también con la antigua cárcel de Galera, en A Coruña, eje central de As malas mulleres, la novela de Marilar Aleixandre que recupera la memoria de mujeres prácticamente borradas de la historia. La cárcel de la Galera funcionó en el siglo XIX, en un contexto marcado por una moral social profundamente restrictiva, donde el pensamiento dominante, más que un sistema político concreto, determinaba qué cuerpos eran aceptables y cuáles debían ser corregidos o apartados. Mujeres pobres, prostitutas, presas, analfabetas o simplemente mujeres que no encajaban dentro de lo que la sociedad consideraba aceptable. Mujeres convertidas en “malas” porque la propia sociedad necesitaba señalar a alguien.
Ahí está una de las cuestiones más duras que plantea el libro. Muchas veces no era necesario cometer un gran delito para acabar marginada, encerrada o condenada socialmente. Bastaba con ser mujer, pobre y vulnerable en una sociedad construida desde el control moral y económico.
En ese mismo contexto aparece la figura de Concepción Arenal, activista, pionera del pensamiento feminista y del trabajo social en España, visitadora de cárceles y una de las pocas voces que intentó mirar a aquellas mujeres como seres humanos y no como desechos sociales. Su presencia en la novela resulta especialmente poderosa porque obliga a entender que muchas de aquellas reclusas no necesitaban castigo, sino oportunidades. Arenal comprendió algo que todavía hoy seguimos discutiendo: que la pobreza, la exclusión y la falta de educación no son fracasos individuales, sino también fracasos colectivos. Por eso insistió tanto en la alfabetización y en la reinserción de las presas.
La violencia no siempre adopta formas explícitas. A veces también consiste en negar educación, voz o posibilidades de futuro. Muchas de aquellas mujeres ni siquiera sabían leer o escribir. Y eso no era casualidad. Como señala la propia Aleixandre, el acceso al conocimiento siempre ha sido una forma de poder. Durante siglos, mantener a determinados colectivos lejos de la educación fue también una manera de mantenerlos sometidos.
Por eso la novela no solo recupera la memoria de una cárcel olvidada, sino que recupera algo todavía más importante: la humanidad de quienes fueron reducidas a una etiqueta. La novela conecta también con el presente porque muchas de las preguntas que plantea siguen abiertas: qué vidas consideramos recuperables, a quién escuchamos, qué personas quedan fuera y quién tiene realmente derecho a ser recordado.
La historia no suele recordar a quienes más sufrieron. Suele recordar a quienes tuvieron el poder suficiente para escribir el relato. Y durante mucho tiempo las mujeres pobres, las presas, las prostitutas o las víctimas de violencia quedaron fuera de esa narración oficial. Resulta inquietante pensar que una ciudad pueda seguir funcionando con absoluta normalidad mientras bajo sus calles sobreviven historias prácticamente desaparecidas de la memoria colectiva. Que lugares por los que pasamos cada día hayan sido escenario de sufrimiento real y, aun así, apenas quede rastro de ello.
Precisamente por eso la memoria sigue siendo necesaria. No como un ejercicio nostálgico ni como una discusión reservada al ámbito académico, sino como una herramienta para entender el presente. Muchas de las estructuras de desigualdad, violencia o control sobre el cuerpo de las mujeres no han desaparecido del todo, simplemente han cambiado de forma. Recordar sirve también para reconocer esos mecanismos antes de que vuelvan a normalizarse.
Cuando una sociedad deja de recordar, también empieza a perder herramientas para defenderse. Recordar no es un gesto simbólico. Es un acto de responsabilidad. Como advirtió el filósofo George Santayana: “Aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo”. Y quizá por eso libros como As malas mulleres siguen siendo necesarios. Porque hay silencios que, si nadie los rompe, terminan convirtiéndose en olvido