Hablamos con Daniele Finzi Pasca, dramaturgo suizo que revitaliza el valor de las pequeñas grandes historias con Ícaro, un vínculo imperecedero de amistad dialogada con el espectador

El nexo de unión más poderoso de la humanidad es la empatía, y el diálogo es la forja en la que se fragua. La sociedad contemporánea manifiesta una confusión flagrante entre vivir y existir, un fenómeno agravado por un creciente hermetismo individual que gana consistencia en la deontología humana, en detrimento de la conciencia por el prójimo. Este peligroso escenario desafía las nociones de solidaridad e identificación colectiva, pero en tiempos de naufragio social, la voz de la comprensión ha de prevalecer sobre el fragor de la discordia. Desde Cool Coruña, hemos tenido la oportunidad de entrevistar a Daniele Finzi Pasca, dramaturgo suizo de raíces italianas que fomenta las bondades de la empatía en su célebre monólogo Ícaro, un diálogo minimalista e inmortal con el público que llega al Encuentro Mundial de Humorismo el próximo 2 de mayo.
P: ¿Quién es Daniele Finzi Pasca? ¿Cómo definirías tu faceta en el teatro?
R: Ante todo, diré que soy un hombre de teatro. En un tiempo en el que se clasifica tanto, soy un hombre de teatro porque formo parte de una compañía que existe desde hace 42 años, un fenómeno muy grande en Europa que permaneció unida durante mucho tiempo. El espectáculo que llega a España forma parte de un viaje que existe desde hace 35 años, hice seis versiones distintas con seis idiomas diferentes, y estoy regresando a los lugares donde Ícaro dejó huellas, amigos y toda clase de relaciones. Soy un hombre de teatro porque, con la curiosidad, llego con un espectáculo muy sencillo que sorprendió a gente como Guy Laliberté, lo que me llevó a dirigir el Cirque du Soleil. Entonces, un espectáculo preparado conceptualmente para un solo espectador me permitió trabajar en grandes instituciones como el Cirque du Soleil, las Olimpiadas o el mundo de la ópera lírica, siempre junto con mi grupo de amigos y mi familia. Para mí, el teatro es curiosidad, es abrir sin límites opciones de mezclar códigos. Es muy especial saber que un espectáculo tan pequeño fuese la llave para encontrar mundos tan extraños. Entre Ícaro, con el que continúo viajando con mis maletas, o dirigir la clausura de una gala olímpica, la distancia es enorme, pero me piden siempre crear ceremonias o grandes eventos con el mismo sabor que tenía Ícaro
P: Ícaro fue escrito en prisión, donde Finzi Pasca purgó por un corto período una pena por objeción de conciencia al servicio militar obligatorio en Suiza, y forma parte de una trilogía dedicada a la fuga, de la que también forman parte los espectáculos Dialoghi col Sonno y Arianna. ¿Qué hay detrás de ese diálogo artístico entre crear para evadirnos y la retrospección personal que conlleva?
R: El teatro, en su simplicidad, deja abierta la posibilidad de jugar, danzar, generar empatía y contarnos historias. Me parece que los hermanos más cercanos en el mundo del arte son los cocineros, porque preparan cosas para ver la reacción de quien come los platos, que pueden ser muy complejos, abstractos o muy genuinos y antiguos como los preparaban nuestros abuelos. El sentido, más que introspectivo, es renovar el placer de danzar con el público, de reencontrarme con él y contarles historias de lugares en los que estuve. Transmitir historias de viajeros nos vinculan a todos, la necesidad de escaparse es un mito antiguo, escapar también se concibe como un himno de alegría vital.
P:Hablabas de los reencuentros con el público, y yo te quería preguntar, desde tu perspectiva como monologuista, cómo son esos reencuentros, cómo se desarrolla esa interacción con el público. Además, has recorrido todo el mundo con Ícaro. ¿Qué comparten los públicos de los distintos lugares que has visitado, a la hora de construir la empatía que nace de contar historias?
R: Ícaro es un monólogo que está relacionado con la tradición clown. En el caso de los clown itálicos, tenemos la tradición de la figura que, con las palabras, reflexiona de una forma filosófica sobre gente balurda. Entonces, nos apoyamos naturalmente en tratar de hacer reír para después conmover, y esto es cosa de los mediterráneos. Lo curioso es que, para responderte, todos los públicos se conmueven en los mismos puntos, sea en Bolivia o en Rusia, pero no todos se ríen en los mismos momentos, hay un tiempo distinto para la risa. El punto de quiebre de la risa muta, y no solo muda de país, muda de regiones. Sin embargo, dónde nos conmovemos es matemático.
P: Recientemente, el actor Timothée Chalamet realizó unas declaraciones desafortunadas sobre el teatro, aludiendo a un desinterés por esta disciplina ante la supuesta indiferencia del público general. ¿Qué opinión te merece este tipo de comentarios? ¿Cómo te sientes tú como persona que se ha dedicado durante tantos años al teatro?
R: Mira, en este momento estamos viviendo preguntas más importantes. Por ejemplo, hay músicos que se preguntan su verdadera función con el auge de un programa que es capaz de hacerte una canción en 20 segundos. ¿Qué sentido vamos a tener en el futuro? Lo mismo te estarás preguntando tú, muy pronto se harán entrevistas sin la necesidad del periodista. En este momento, esta pregunta tiene una respuesta muy efectiva. A veces, es necesario comer con tu abuela o comer en un restaurante con tu pareja o con amigos, para dejarte sorprender porque quieres emprender una aventura, y esto solo va a pasar en este tipo de contacto. La gran cuestión actual reside en mantener profundamente viva la empatía. Espectáculos como Ícaro, en el que cada noche lo dedico a un espectador, le cuento una historia y nos volvemos amigos, son importantes. Nosotros sabemos que lo que hacemos tiene un valor porque, al final, cuando hay náufragos, necesitan historias; cuando hay alguien que quiere entender qué está pasando, necesita saber que lo que lee fue escrito por alguien que reflexionó sobre el tema, sea un periodista, un cocinero o un músico. Esta es la cuestión fundamental sobre la que debemos reflexionar para ser entusiastas de lo que hacemos.
P: Siempre he considerado que el teatro tiene un punto sociológico, te permite conocer la idiosincrasia del público que lo consume y la naturaleza de las historias que trascienden. ¿Dónde radica la pureza del teatro? ¿Las historias que se cuentan ahora se autolimitan por un desconocimiento de vivir asociado al impulso de las redes sociales?
R: Cuando me preguntan por qué hago teatro y cómo espero que reaccione el público cuando sale del teatro, me gusta mucho que, cuando termina el espectáculo, se vaya a la izquierda. Esto que te digo no tiene nada de político, es otra historia. En el teatro de mi ciudad, cuando sales de él hay un río en frente. Si te vas a la derecha, te vas hacia la plaza, los bares y demás, pero si te vas a la izquierda, te vas hacia el lago. En general, si estás contento y quieres discutir o charlar, te vas a la derecha y te vas a los bares o a casa. Si te vas a la izquierda con tus amigos, con tu pareja o con tu familia, lo haces porque necesitas un tiempo de aplacamiento. Hago teatro pensando en provocar esto, tanto con espectáculos planetarios como con espectáculos pequeños, me gusta mucho que el público se vaya hacia el lago.

