«La cobardía en lo apolítico»

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Quedan en el aire varias cuestiones. ¿Debe el cine ser político? ¿Puede acaso no serlo? ¿Existe el arte apolítico?

Volodymyr Zelensky, presidente ucraniano, en el acto de apertura de la Berlinale en 2023

Por Roi Bujeiro Veiga

“Desde el río hasta el mar”, una de las frases más célebres de apoyo a Palestina, es constitutiva de delito en Berlín. En esta ciudad son duramente reprimidas las manifestaciones de repulsa contra el genocidio que allí se perpetra, tachadas de antisemitas y antidemocráticas por el gobierno alemán y buena parte de los medios de comunicación.

En un clima político extremadamente tenso se desarrolló a principios de este año el Festival de Cine de Berlín, la “Berlinale”, uno de los grandes del cine europeo y el que inaugura cada año la temporada de premios. Buena parte del evento se financia con fondos públicos, dinero que viene directamente del Estado alemán e instituciones asociadas, y es por esto que el periodista Tino Jung preguntó en diferentes conferencias y ruedas de prensa por la posibilidad de que la libertad de expresión o manifestación de los participantes se vea limitada o coercionada de alguna forma.
El director alemán Wim Wenders, presidente del jurado este año, respondió, para sorpresa de muchos que los cineastas “tenemos que mantenernos al margen de la política”. Somos el contrapeso de la política, lo opuesto a los políticos; hay que hacer el trabajo de la gente, no el de los políticos”. En una declaración previa, Wenders declaraba también que “el cine te saca de tu universo para viajar a otro y eso es bellísimo. Sí, las películas pueden cambiar el mundo, pero no de forma política. Ningún filme ha alterado realmente la idea de ningún político, pero sí puede cambiar la idea de la gente sobre cómo debería vivir”.
Otros tantos participantes en el festival secundaron este cómodo mensaje de neutralidad, el interés en hacer “cosas apolíticas”, en palabras del actor Neil Patrick Harris. Tras todo el caos y polémica desatados con estas declaraciones, quedan en el aire varias cuestiones. ¿Debe el cine ser político? ¿Puede acaso no serlo? ¿Existe el arte apolítico?

Decía Godard que un travelling es una cuestión moral (a raíz de la cita de su colega Luc Moullet, que decía que “la moral es una cuestión de travellings”). Esta ya manida frase expone la idea de que en el cine nada es casual, y hasta el más mínimo detalle es una decisión necesariamente consciente que tiene en cuenta tanto la moral como la estética, las cuales son consideradas inseparables por el redactor. Toda historia se cuenta desde un punto de vista, y en cada línea de guion, así como en cada movimiento de cámara, encuadre y colocación de imágenes en el plano van implícitos diversos significados. En el cine, importa tanto lo que vemos como lo que no, lo que entra en plano y lo que queda fuera.
La cuestión no es tan simple como para reducirla al guion de lo que se está contando, puesto que el cine es un lenguaje multidimensional, en el que las historias se cuentan también mediante imágenes y su manipulación. En una misma situación, elegir encuadrar ciertos elementos antes que a otros puede alterar totalmente el sentido de lo que vemos, y hay ciertos asuntos que no se pueden tratar a la ligera, a la vez que no se pueden evitar. ¿Cómo se filma la muerte? ¿La violencia? ¿El amor? Las situaciones y condiciones de la vida humana, tan complejas y con tantas capas, exigen un tratamiento concienzudo, responsable y, ante todo, consciente.
La idea de que el cine debe ser apolítico es deplorable desde su propia formulación, ya que creer en ella es totalmente contradictorio: no posicionarse también es una elección. La creación artística es inherentemente humana, la forma de expresión más personal y única de nuestra especie, y la que nos ayuda a comunicarnos entre nosotros y con nuestro entorno, a comprender a los demás y a aprender que no estamos solos, que todos sufrimos, todos sentimos y todos vemos. Vemos cómo sufre y cómo goza el otro, descubrimos que así viven los unos y que esto preocupa a los otros y nos volvemos más humanos cuanto más aprendemos sobre gente distinta. Conocemos historias de otros lugares del mundo, de otras culturas o de otros colectivos, y entender cosmovisiones tan distintas nos aporta una visión global de lo que es existir, nos hace más empáticos y más conscientes; nos hace más personas.
El cine no podría descubrirnos toda esta faceta de la experiencia humana si siempre pretendiese gustar a todos, mantenerse cómodo y tibio, no herir sensibilidades, ser apolítico. ¿Con qué propósito cumple el cineasta que crea ajeno a los males y preocupaciones que lo rodean? ¿A quién podrá llegar si no entiende la implicación de lo que filma, la complejidad de las mareas entre las que se mueve?
Cuando Wenders habla de que “las películas pueden cambiar el mundo, pero no de forma política”, es difícil no preguntarse de qué forma lo hacen entonces. Cuando habla de que el cine “te saca de tu universo para viajar a otro”, me pregunto si ese universo no estará en alguno de los otros sitios de mi planeta en el que la gente es asesinada crudamente todos los días, en los que alguien no puede vivir en paz por su forma de ser o en el que personas iguales a mí son tan distintas, y ni ellas ni yo sabemos por qué aunque queramos entenderlo. Me pregunto para qué quiero conocer otros universos si aún no entiendo los que conforman el mío.
El punto de partida más elemental de toda creación artística es la realidad, con la que el arte genera un diálogo en el que siempre se cuelan tintes del mundo en el que vivimos. Y en este mundo, con las personas que lo habitamos y todas las condiciones posibles en las que él nos desenvolvemos, se ven directamente afectadas e influenciadas por la política. La reproducción de discursos como este es peligrosa porque nos empuja a caer en la tibieza, a adormilarnos en la comodidad de nuestro privilegio y a olvidar cómo funciona el mundo y por qué las cosas son como son. También porque huir de la naturaleza política del arte la degrada, así como a las personas que se encuentran detrás y delante de ella, mermando su humanidad e impidiendo así que nos pueda hacer aprender, cambiar de opinión, abrir los ojos o simplemente emocionarnos. El mundo es político y con él el arte, aunque no lo pretenda.

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