Inconscientemente, el effortless elegance se convierte en la base del estilo coruñés: una mezcla de diversión y riesgo capaz de hacer que unas New Balance y una gabardina beige resulten cosmopolitas

Por Raquel Rodríguez
En Galicia, todos los que vienen de fuera aprenden pronto que el clima no se explica: se asume. Camino a la oficina, ocho de la mañana, siete grados. A la hora de comer subimos a dieciséis, pero al volver a casa el termómetro vuelve a caer. Aquí dicen que respondemos con preguntas, pero quizá sea porque los “por si acaso” con los que convivimos a diario son siempre el punto de partida. La adaptación forma parte de nuestro ADN, también a la hora de vestirnos cada mañana.
Este clima que no pide permiso nos obliga a pensar en capas, en tiempos, en anticipación. En saber prever. Y no es casualidad que, a pocos kilómetros de la ciudad de cristal, empiece todo. En Arteixo, donde Amancio Ortega levantó uno de los sistemas más influyentes de entender la moda contemporánea, vestir nunca fue una cuestión de promesa, sino de respuesta.
Cada persona, al vestirse, piensa en lo que quiere mostrar, en lo que quiere decir durante las próximas horas, pero sobre todo en la comodidad y la practicidad del día que tiene por delante. En A Coruña no se viste para destacar, se viste para resistir al viento, a la humedad, a un cielo que cambia de opinión varias veces en un mismo día. Vestirse aquí es aprender a reaccionar al gris que tenemos como telón de fondo. Y, de pronto, sorpresa, fuera capas, el sol aparece y el cuerpo pide una terraza en la Marina. Eso sí, sin pasar por casa. El foulard va al bolso, listo para cuando caiga el sol. No es raro que quienes nos visitan nos comparen con matrioskas: capas dentro de capas, siempre preparadas para salir de nuevo.
Inconscientemente, el effortless elegance se convierte en la base del estilo coruñés: una mezcla de diversión y riesgo capaz de hacer que unas New Balance y una gabardina beige resulten cosmopolitas. Da igual lo que haya debajo, el concepto del look ya está resuelto, y suele ser un acierto. Así, entre capas, cambios de temperatura y niebla que no pide permiso, A Coruña educa a sus habitantes en algo más que moda, en una creatividad silenciosa y una elegancia inesperada. Quizá por eso, desde esta esquina de cristal, se aprendió a vestir al mundo entero sin levantar mucho la voz.
El armario gallego nunca vive una transformación radical entre estaciones. Los “por si acaso” se quedan entre cajones todo el año. Las sudaderas no desaparecen del todo, por si refresca una noche de verano. Los pantalones cortos conviven con los jerséis ligeros hasta bien entrado octubre, porque cualquier día puede parecer julio sin previo aviso. Y al revés. Nunca se sabe qué puede pasar, ni en Galicia ni en el armario de un gallego, por eso el abanico de posibilidades siempre es amplio. Aquí uno se viste para un día entero y, con suerte, para muchos más con las mismas capas. O no. Porque cuando se aprende a vestirse para resistir, se acaba vistiendo sin esfuerzo. Y qué acierto.

