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Rodrigo Cortés: «Me interesa mucho más crearme y crear al lector pequeños desafíos que dar respuestas unívocas»

10 minutos de lectura

Hablamos con Rodrigo Cortés, cineasta y escritor español que revela los secretos de la complacencia individual y la implacabilidad del mundo en La piedra blanda, su última publicación, acompañada de la evocadora grabación de Tomás Hijo

Foto: Irene Medina

La comparecencia de la razón en el análisis global del mundo que habitamos está sometida a una duda latente, pues la dinámica de la sociedad, en ocasiones, toma un rumbo imprevisto e imposible de acotar a límites meramente racionales. El ser humano nace de la mano de la candidez, crece con pasos de gigante, se consolida en un páramo de complacencia, y se encoge en un tránsito de introspección con tintes melancólicos, y la inexpresión es la manera más recurrente de afrontar esta difícil tesitura. Desde Cool Coruña, hemos tenido la oportunidad entrevistar a Rodrigo Cortés, cineasta y escritor español que reflexiona sobre la contención inexpresiva individual y el carácter indiferente del mundo que vivimos en su última obra La piedra blanda, ilustrada por la sensibilidad gráfica del grabador Tomás Hijo.

P: ¿Quién es Rodrigo Cortés? ¿Cómo definirías tu faceta de escritor?

R: No tengo ni idea de quién es Rodrigo Cortés. Podría decirte la pedantería de que llevo toda una vida dedicada a averiguarlo, pero lo cierto es que me preocupa poco, y me estoy dando cuenta en tiempo real porque no me esperaba la pregunta, así que trato de darle significado en mi cabeza sobre la marcha, y creo que no estoy muy interesado en responder esa pregunta ante mí mismo, porque tengo la impresión de que las respuestas matan las preguntas. Una cosa puede ser quince a la vez, y en el momento en que la reduces a una, matas catorce. Alguien dijo en una ocasión que se enteraba sobre algo cuando escribía sobre ello, y es una respuesta muy bonita cargada de significado, pero cuando la leía lo pensaba con cierta tristeza. Cuando tienes una idea sobre las cosas, es una percepción multifacética y sincronizada, y cuando uno es capaz de ordenarse lo suficiente como para reducirlo a una sola cosa, a partir de ese instante, cada vez que piensa en ello ya tiene una respuesta, y lo que era gigante pasa a ser un objeto mucho más definible y pequeño, así que, por esa razón, acabo de decidir que no tengo ganas de saber quién soy (risas). En cuanto a cómo soy como escritor, supongo que se resume un poco en lo que te acabo de contar. Lo que más me interesa en la literatura son las preguntas y, sobre todo, no lanzar mensajes, invectivas, soluciones, consejos ni sermonear a nadie, ni siquiera a mí mismo. Trato de no tener un objetivo, y desde luego no un objetivo moral, trato de darme permiso y libertad para dejar que emerjan imágenes o ideas aparentemente irracionales, recordar que esto es un juego y modelarlas de forma deportiva para ver a dónde me conducen. Me interesa mucho más crearme y crear al lector pequeños desafíos que dar respuestas unívocas.

P: Tu obra más reciente, “La piedra blanda”, que cuenta con la sublime ilustración de Tomás Hijo, concentra los principales pilares de la novela picaresca: la astucia en circunstancia de soledad ante el mundo del protagonista, la picardía, la descripción de un entorno crudo que roza la sordidez. ¿Cómo es adentrarse en un universo tan complejo, y cuál fue el detonante de emprender esta aventura de Pedro de Poco?

R: Nuevamente, no hay un objetivo, no te sientas a escribir algo ni divertido, ni triste, ni crudo, ni cruel, aunque estás dispuesto a abrazarlo todo. En el fondo, es un acto de confianza hacia el lector, y de solicitud de confianza por parte del lector. Es una forma de decirle que el libro confía en ti plenamente, que no te va a minusvalorar nunca, “confía tú en él y vamos a ver a dónde llegamos juntos”. Esto surge directamente de la voluntad de colaborar con Tomás, somos amigos desde hace 25 años, pero uno no quiere colaborar con todos sus amigos, porque lo que a uno le gusta hacer con sus amigos es ir a cenar, pero en el caso de Tomás hay una admiración profesional enorme. Entonces, durante un paseo ocasional por una isla fluvial del río Tormes, que en su momento alumbró también al Lazarillo precisamente, nos pareció que nos debíamos algo, que había llegado la hora de hacer algo juntos. Admiro muchísimo su trabajo como grabador, de toda su obra gráfica me fascinan particularmente sus grabados, y escribí algo que se ajustara como un guante a esa técnica primordial, como si el libro, más que estar escrito ahora, fuera invocado desde el pasado; como si uno de los protagonistas de La piedra blanda fuera también un maestro artesano que fuera ilustrando la vida de uno de los habitantes de ese lugar, en tiempo real, con su gubia.

P: “La piedra blanda” está cargada de simbología, y la ardilla cumple un papel fundamental en la búsqueda de identidad del protagonista. ¿Por qué la elección de la ardilla? ¿Qué representa exactamente? ¿Qué parte de ti se puede trasladar a esta singular relación?

R: El inicio de la respuesta va a parecer contradecirte, y luego tal vez no sea tanto así, pero vamos allá. No estoy especialmente interesado en lo simbólico, no soy un simbolista, y no genero imágenes alegóricas que tienen significados que descifrar, no de forma consciente. Podría decirte que la ardilla es el yo, el árbol es el super yo, y las sirenas son la irreversibilidad de los destinos humanos, pero te mentiría. En el momento en que pienso en una ardilla, estaría pensando en la famosa ardilla que puede cruzar la Península de encina en encina, al menos eso decía la leyenda en la Edad Media, y que hoy en día diríamos que podría cruzar el país entero de queja en queja sin pisar el suelo. A la vez, eso no sería plenamente verdad, es decir, sí sería verdad desde lo consciente, pero hay una razón por la que te funciona la ardilla y no otra cosa. Cuando te das libertad para conectar con tu propio inconsciente y extraer de él imágenes no significa que no tengan sentido, significa que no te detienes a adjudicarles sentidos unívocos. Funcionan unas cosas y otras no, y es porque, por alguna razón, tienen los elementos que encajan en esa acción, en esa colección de sensaciones, o mismamente en la historia que cuentas, por no hablar de que en esta partida está involucrado Tomás. Cuando le pasé el protoguion, que se fue desarrollando en diferentes períodos de ida y vuelta, de forma constante, en ocasiones los pasajes estaban acompañados de instrucciones concretas, y en muchas otras en absoluto. Tomás traducía poéticamente esas impresiones a imágenes que podían ser más o menos literales, o directamente contradictorias, o simplemente evocadoras, y te pongo un ejemplo. Hay un momento en que se escribe “Entonces llegaron los peregrinos”, y Tomás dibuja unas siluetas de gente ascendiendo una montaña; la siguiente frase es “después, los mensajeros…”, para la que no había ningún tipo de instrucción, y Tomás dibujó unos cuervos y unas liebres. En un momento dado le dije que me encantaban los cuervos, pero que las liebres resultaban redundantes, y entonces el propuso sustituirlas por unas tortugas, y ahí le dije “perfecto”. ¿Qué significa perfecto? No lo sé, significa que algo hace click, que eso sí define a los mensajeros. Tomás podría haber dibujado otra cosa, podría haber dibujado gente con unos pliegos enrollados yendo a caballo, y a lo mejor podría haber sido interesante, pero la razón por la que él decide que los mensajeros van a ser animales no es un puramente racional, lo cual no significa que sea arbitrario. Por alguna razón, la evocación inmediata es un arquetipo determinado, y uno entiende sin necesidad de explicación porque unas tortugas y unos cuervos funcionan tan bien como mensajeros en facetas tan contradictorias, pero no estás buscando la alegoría, por la misma razón que te decía antes. Cuando una cosa es una alegoría, lo único que necesita es decodificación, y una vez decodificada significa una cosa, pero La piedra blanda no significa una sola cosa. La piedra blanda es una obra distinta para cada lector y, por lo tanto, son tantos libros como lectores tiene.

P: Otro de los dilemas filosóficos es la indiferencia existencial, pero Pedro de Poco es una piedra blanda. ¿Esto puede ser un reflejo de la inercia identitaria de la sociedad actual, carente de un rumbo claro, y enfocado en la supervivencia básica? ¿Cómo podemos trasladar esta metáfora a la sociedad actual? ¿Podemos trasladarla si quiera?

R: De forma consciente, sin duda no, yo nunca diría que Pedro de Poco es indiferente. Pedro de Poco es inexpresivo, no hay ninguna duda, de modo que no muestra sus emociones, no las manifiesta. A través de sus rasgos o expresiones no hay manera de saber si está contento, triste, conforme o iracundo, no hay manera. Sin embargo, el lector no percibe que carezca de emociones, simplemente que no las siente, pero uno, en un momento dado, le atribuye dolor, esperanza, cansancio o resignación, y esos son huecos que va rellenando el lector en la medida en que sienta que la obra resuena con él, con sus propias vivencias o su propio mundo interno. Ahora bien, quien sin duda es indiferente es el mundo, porque lo que si que plantea esta historia es un mundo implacable en el que las cosas son, simplemente, no son buenas ni malas, como la ley de la gravedad no es buena ni es mala, ni está sometida a opiniones, ni se puede votar a mano alzada. La ley de la gravedad opera sistemáticamente, de forma impersonal, y La piedra blanda sí que muestra un mundo indiferente, que sigue su propio ritmo, y que no está hecho a la escala del hombre, ni siquiera a la escala de Pedro de Poco. Lo que le sucede a Pedro de Poco es que no se queja nunca, ni manifiesta opiniones, las cosas, en gran medida, le suceden. No es especialmente proactivo, y en cualquier caso, cuando sucede algo no le queda otro remedio que aceptarlo, porque son las verdades del mundo o las verdades del tablero. Detrás de esto no hay ningún tipo de recomendación, ni ningún tipo de opinión sobre si las cosas están bien o mal, simplemente es la manifestación de un tablero y una ficha colocada sobre ese tablero.

P: La pérdida de los ojos por parte de los buitres, su posterior regeneración y el deseo de vendárselo. Y una vez más, huir. ¿De qué huye el protagonista? ¿De qué huimos, dentro de esa relación preestablecida entre Pedro de Poco y los lectores?

R: No es posible contestar a eso, y mucho menos a lo que pueda huir el lector. Pedro de Poco nos cuenta prácticamente su vida completa; desde su primer nacimiento hasta su segundo nacimiento; su infancia y adolescencia; es pastor, es ladrón, se hace monje por probar y se mete en un monasterio de los buenos, se le aparece la virgen, engorda, se enamora, tiene tratos con las sirenas… Y en un momento dado, fundan una ciudad entorno a él, y nosotros sentimos que es algo que está sucediendo a su alrededor. Él se sienta a un lado del camino, empiezan a tirarle viandas, le tiran dinero, comienzan a visitarlo, y antes de que se de cuenta, se vuelve un profeta no buscado, entorno al cual se establece una ciudad de creyentes. ¿De qué huye Pedro de Poco? Exactamente de eso, él no ha provocado nada, él se ha sentado más de la cuenta al borde de su camino, y un día ha visto que se ha montado todo eso a su alrededor. Él no lo ha montado, no lo ha pedido, y ni le satisface ni tampoco lo juzga, simplemente una noche cualquiera se mete en un carro y se va de allí, y ahí os las compongáis todos. ¿De qué huye alguien que lee La piedra blanda? No lo sé, no sé si para llegar a La piedra blanda tienes que llegar a la carrera huyendo de otra cosa, tal vez sí o tal vez no. Cada lector llegará a él de una manera distinta, uno buscándolo, otro porque se lo regalan, u otro porque lo ojea en una librería, no tengo ni idea, pero lo que sí sé es lo que no va a haber. Lo que no va a encontrar el lector es una forma convencional de contar una historia, ni una historia que puedas reducir tampoco convencionalmente en términos estructurales y morales. Va a tener que estar dispuesto a pensar con más partes que con la simple razón, y a dejarse navegar sensorialmente. Si todo va bien, se va a caer dentro del libro, y si no va bien, tampoco va a pasar nada, pero conviene el empleo de otras armas. De alguna manera, es algo que el libro te deja claro desde el primer instante, y ni siquiera es una decisión que tienes que tomar. Cuando empiezas a ojear el libro no entiendes nada, pero el que lea las cuatro primeras páginas lo acaba entendiendo todo. A partir de ahí entenderá la mecánica del juego, entenderá que se tiene que quedar viendo esa pantalla inmóvil, y en la pantalla se va a mover la ilustración, va a ocupar determinados lugares, va a tener una trayectoria… A veces va a ser minúscula o contraintuitiva para revelar algo muy dramático, y en ocasiones incluso va a invadir la página izquierda, a pesar de ser una regla establecida entre el lector y el libro de que tal cosa no va a pasar… Todo esto va a suceder solo, el lector no va a tomar ninguna decisión, simplemente y de forma natural, sabrá que no sabe lo que le espera al otro lado de la página, y que cualquier cosa será posible.

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